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martes, 20 de abril de 2021

Las mejores películas de ciencia ficción para ver en Netflix

Título Título Original Puntaje IMDB Comentario  

Al filo del mañana', con Tom Cruise
Arrival
Mad Max: Furia en el camino
Un lugar en silencio
Doom: la puerta del infierno
Cielo de medianoche
12 monos
Amor y monstruos
Your Name Animación japonesa
Zona de riesgo Un piloto de drones
El hoyo
The Cloverfield Paradox
Volver al futuro I, II, III
Flatliners - Keanu Reeves
Réplicas
Aniquilación - Natalie Portman
I am Mother - la vida de una adolescente criada a solas por un droide
IO - La Tierra está muriendo
Bird Box: A ciegas - Sandra Bullok
Presagio - Un astrofísico del MIT; Nicholas Cage
La torre oscura - Un adolescente con poderes psíquicos
Ocultos por la Luna - En este thriller de ciencia ficción, un policía de Filadelfia
El final de todo - Un joven se enamora de una comandante heroica y sigue sus pasos en la fuerza para ayudar a los humanos a defender la Tierra de una amenaza alienígena.
Extinción - La pesadilla de un hombre de familia se vuelve realidad
La Tierra errante - Una inminente colisión con Júpiter amenaza a la Tierra
Tau - Un joven se enamora de una comandante heroica
El titán - En el lúgubre futuro de la Tierra, un soldado se somete a una transformación genética
La fortaleza de Shanghai - Un joven se enamora de una comandante heroica
Beyond Skyline - Tras una invasión extraterrestre, un policía de Los Ángeles
Spectral - Cuando una fuerza sobrenatural ataca a una ciudad devastada por la guerra
Revolt - Tras una devastadora invasión extraterrestre, un soldado estadounidense y una trabajadora humanitaria
Time Trap - En busca de su profesor de arqueología perdido
Barrenderos espaciales - A la caza de basura espacial y sueños remotos en 2092

       
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         

miércoles, 17 de julio de 2019

Las zonas - Alfredo Julio Grassi


"No puedo creer en la existencia de furtivas transiciones cuánticas
en la experiencia humana. Debe haber una zona donde lo totalmente inexplicable
se une a lo que entendemos como un hecho normal."

(Henry Margenau, ESP in the Frameworks of Modern Science)

Descendió de la astronave. Inmaculado. Sereno. Hermoso como un dios antiguo. El comandante de la primera misión solar extragaláctica. Su mirada paseó benévola por encima de los representantes de la Federación Tierra que corrían para darle la bienvenida. El objeto alargado que llevaba en la diestra era una pistola láser. El extremo se apoyó en su sien derecha y un haz micrométrico de luz altamente concentrada traspasó su cabeza, ante el gemido angustioso de la muchedumbre que lo había ido a recibir. Luego, sin preocuparse por el orificio que iba de un costado al otro de su cráneo ni por la sangre que manchaba su rostro, echó a andar en medio de la gente, que aterrada se abría para darle paso. La pared que rodeaba el astropuerto pareció no existir ante su paso. La atravesó intangiblemente y se perdió en las luces ajenas de la Tierra.

Inmaculado. Sereno. Hermoso como un dios antiguo. Inhumano.

MORIR PARA IR AL CIELO

Todo es gris. Todo es rojo. Todo es violáceo. Todo se hace incoloro y vuelve a ser rojo. Pero no era así. No debía ser así. La posición del electrón no es siempre la misma pero no cambia de posición con el tiempo. Está en movimiento constante pero está inmóvil. Puede pasar simultáneamente por tres orificios ante él, pero no pasa en ninguna dirección. ¡Qué dolor de cabeza espantoso! Debo abrir los ojos y me cuesta hacerlo.

—¿Un poco de sangre, señor? ¿No tiene un poco de sangre? ¡Se lo ruego! ¡Por favor! —La voz es un susurro obsceno. La mano de pordiosero, escuálida, lívida, se extiende hacia mi rostro. La piedad que me embarga es absoluta. La mujer me mira con sus inmensos ojos violáceos. Como el cielo de otoño. Como el aire de la noche. Como la luz tenebrosa que nos baña. Me inclino hacia ella y sus labios se distienden para mostrar dos afilados colmillos muy blancos. Que no duelen ni lastiman. Es voluptuoso. Volptuoso. Voltuoso. Volspo. Vso...

Muero gritando.

MORIR PARA IR AL CIELO. MORIR PARA IR AL CIELO. MORIR PARA IR AL CIELO.

Sí, abuelita. Todas las noches rezaré al Ángel de la Guarda para que me ampare. En vida y en muerte será mi guía. Morir para ir al cielo, abuelita.

Gris. Rojo. Violáceo. Incoloro. Rojo.

¡Ave César! ¡Los que van a morir te saludan!

El sol hiere mis pupilas y me fuerza a entrecerrar los ojos cuando salgo a la arena del circo. El corto y ancho gladio y el redondo escudo me prestan una seguridad que no experimentaba sin ellos. En la ergástula, pequeña, sin aire puro, creí morir. Pero ahora es distinto. Ella estará allí, mirándome combatir. Y no podré perder frente a esos ojos violáceos, profundos, velados por las largas pestañas. Mataré a mi adversario, que ya se acerca con su tridente y su red preparados para el combate. ¡Idiota! ¡Yo no puedo morir!

¿O sí? ¿Qué es este dolor profundo? El tridente. El "retiario" me lo ha clavado cuando alzo el rostro para mirar una vez más el sol dorado. No es justo. Porque moriré. No quiero morir, pero moriré igual, mi sangre derramada sobre la sedienta arena del circo romano. Mientras aquellos ojos violáceos me miran, me miran, me miran.

¿Morir para ir al Cielo?

¡MORIR PARA IR AL CIELO!

Gris. Rojo. Violáceo. Incoloro. Rojo...

¡Por Dios y por la Cruz! ¡Muerte a los infieles! ¡Viva el buen rey Ricardo... Ricardo Corazón de León! ¡Matad, que Dios perdona! ¡San Juan de Acre debe caer! Soy el primer caballero que asalta los muros. El primero que, aplastando sarracenos, abre paso a los Cruzados. Estoy seguro de vivir mientras todos mueren. Por la Fe. Por los ojos de ella, que desde algún sitio inverosímil me contemplan. Vivir. Vivir.

La saeta que se clava en mi cota de malla, penetra en mi pecho y atraviesa mi corazón canta otra cosa. La sangre gotea, sale a raudales. Caigo. La vida se va con cada latido del corazón que la agita. ¡Y yo no quiero morir! ¡El cielo es mi recompensa! ¡Y yo no quiero morir!

Pero nadie va al Cielo con vida.

morir para ir al cielo

Morir Para Ir Al Cielo

MORIR PARA IR AL CIELO

¡MORIR PARA IR AL CIELO!

El aire es azul. Azul intenso, imposible. La marcha sobre la arena candente es pesada, dura, inhumana. Pero marchamos y seguimos adelante. Tengo que llegar hasta ella. Impedir que la lleven más lejos. Que desaparezca en la inmensidad del desierto blanco, bajo ese cielo azul inverosímil. Los ojos de mujer me esperan. Una mirada violácea, increíble, insistente. Me espera.

El pistoletazo suena muy cerca de mi rostro. La bala golpea con fuerza colosal en mi frente. Penetra en mi cerebro. Lo destroza. Me mata sin remedio. Por supuesto. Para ir al Cielo hay que morir antes.

MORIRPARAIRALCIELOMORIRPARAIRALCIELO

La música, las hierbas aromáticas quemadas en torno, la silenciosa presencia de miles de adoradores. Todo me acompaña en mi ascenso por las escaleras del teocalli hacia el templete. Mientras asciendo, en cada escalón hago una etapa, saco una nota de una flauta de hueso y luego la quiebro. Las flautas son de tibias humanas y suenan dulcemente. "Estoy listo, padre", digo al sacerdote que espera ante el altar de piedra, frente a la estatua de Huitzilopochtli. "Bienvenido, hijo", me contesta él. Me acuesto. Y cuando el antiquísimo puñal de obsidiana baja ritualmente hacia mi pecho veo una vez más los ojos violáceos muy abiertos, muy grandes, muy bellos. Muero alegremente.

MORIR PARA IR AL CIELO

La sensación es tan placentera que realmente no cabe otro mundo para mí, excepto éste. Muelle, tibio, oscuro. Acogedor. El líquido que me rodea Impide que el daño me alcance. El mundo exterior —¿mundo exterior? ¿qué es eso?— llega vagamente con la sensación de profundo bienestar. De... ¡AMOR! No quiero salir de aquí. Quiero quedarme sin que pase el tiempo. Sin moverme. El cuerpo cómodamente flexionado en un arco, los brazos pegados a mis flancos, las manos apretadas en puños inofensivos, las piernas encogidas para ocupar menos espacio en este universo clausurado y tierno. Y no quiero salir de aquí. Pero la Fuerza es superior a mi voluntad de inercia. Inicio el Viaje. El breve, eterno, infernal viaje. Siento. Experimento. Sufro. Dolor. ¡Luz blanca, sonido! El Mundo. ¡Para entrar en el Mundo hay que nacer! ¡Primero morir para ir al Cielo! ¡Después nacer para entrar en el Mundo! ¿O es al revés? No importa. Luz y sonido me sacuden. Alguien, algo, me cuelga cabeza abajo. Siento un golpe seco. ¿Qué es esto tan desagradable? Yo. Soy yo mismo, que lloró mientras el aire penetra por primera vez en mis pulmones.

NACERNACERNACERNACERNACERNACERNACER

DIEZNUEVEOCH0IETESEISCINCOCUATROTRESDOS UNO... C E R O

¡Lo hicimos, Dorian! ¡Lo hicimos! ¡Hemos salido del sueño inducido! ¡Estamos en otra galaxia... llegamos a NCG-3115! ¡Y no nos hemos vuelto locos, amor mío! ¡Los primeros seres humanos terrestres que abandonan el Sistema Solar y alcanzan otro Universo conservando la cordura! En el Centro Hiperespacial tenían razón. Bastaba condicionar nuestras mentes para que no se extraviaran con un viaje totalmente ajeno a cualquier experiencia humana previa..., para que las creencias ancestrales de la especie no se volvieran contra nosotros y nos aniquilaran. Siempre el hombre, desde las cavernas, supo que para ir al Cielo tenía que morir. Por eso durante este viaje hemos muerto cien veces, Dorian. En sueños inducidos y crueles, que nos mantuvieron con vida y cuerdos al despertar. ¿Verdad, Dorian? ¡Aquí estamos, querida mía! ¡La primera pareja humana que abandona la Vía Láctea, va a otra galaxia y sobrevive! ¡En el confín del universo extragaláctlco! Cuerdos, Dorian. Cuerdos. Cuerdos. Cuerdos. Curdos, Cuer...

MORIRPARAIRALCIELOMORIRPARAIRALCIELO

¡NADIE-ESCAPA-DE-LA-LEY!

¡HEMOS IDO AL CIELO: ESTAMOS MUERTOS!

La estaca clavada en el corazón. Los ojos violáceos muy abiertos, Dorian. Los colmillos apenas visibles, arruinando la forma perfecta de tus labios. Pero así acaban los vampiros, Dorian. Y no van al Cielo. Son expulsados. Y con ellos, sus víctimas.

Pero... ¿qué soy yo? ¿quién soy yo? ¿qué es yo? ¿por qué ese Conejo Blanco pasa frente a la inmóvil astronave mientras mira el reloj de bolsillo y musita cosas incomprensibles, espantosas, pisando estrellas, aplastando planetas, hundiendo galaxias?

MORIR...

COMUNICADO DEL CENTRO HIPERESPACIAL DE LA FEDERACIÓN TIERRA:

"Vistos los sucesivos fracasos de las cuatro expediciones extragalácticas tripuladas enviadas rumbo a la Galaxia NGC-3115, se aconseja suspender las experiencias mientras no sea posible descubrir la causa de la desaparición de las astronaves utilizadas. Cabe la posibilidad de fallas mecánicas, pero con casi absoluta seguridad el problema es generado por el factor humano y no por las máquinas. Es posible que el acondicionamiento mental dado a las parejas tripulantes no sea suficientemente adecuado. Tratándose de distancias infinitamente grandes, no es difícil que la mente humana, en su incapacidad para determinarlas y comprenderlas, cree su propio universo con leyes individuales, donde no actúen ni sistemas lógicos ni estructuras físicas generales. Es probable que el Hombre, alejado de su Universo natal, abandone su condición humana y pase a ser algo distinto. O simplemente, a no ser."

Descendió de la astronave. Inmaculado. Sereno. Hermoso como un dios antiguo.

Mensaje a la Tierra–Alfredo Julio Grassi


Ese era el día. Hacía veinticinco años que soñaba con aquel momento. Y por fin había llegado. Johnny miró la silueta alargada y brillante del Selene 2 mientras caminaba con paso elástico por la pista de concreto y suspiró. Aún le parecía mentira que entre millares de postulantes lo hubieran escogido a el.
Porque el Selene 2 iba a viajar a la Luna y él era el piloto.
Tras un examen médico final, después de hablar con el profesor Von Baumann para repetir las instrucciones definitivas, que ya se habían convertido en reflejos condicionados en su organismo, había salido del edificio central, en el campo experimental de vuelo de Yucca Flats, y enfrentaba al plateado cohete.
Iba a viajar a la Luna.
Recordaba la emoción con que desde adolescente había seguido los pasos de la última ciencia del transporte humano, la astronáutica, sus sueños, sus ilusiones, sus deseos. Ahora sería el primer hombre que pondría pie sobre la superficie helada del satélite terrestre.
‘’Será algo rápido’’ –le habían dicho-. ‘’Dos días y medio de ida y dos días y medio de regreso. Al llegar podrá descender y permanecer doce horas tomando fotografías y recogiendo muestras minerales de la superficie lunar. Llevará oxígeno y alimentos para siete días’’
‘’No llegará’’-habían dicho muchos. Todavía recordaban el fracaso del primer intento tripulado. Los restos del Selene 1 circundaban con miras a la eternidad el Sistema Solar, perdidos, con el cadáver congelado de Jack Perkins en los mandos. Pero Johnny sabía que con él sería distinto. Para viajar a la Luna era necesario algo más que un vehículo interplanetario. Él poseía lo otro. Un sueño de infancia, soñado una y otra vez en el curso de los años. El deseo milenario de verse libre. De saber que el hombre es libre. El viaje era el primer paso en busca de esa libertad real de la humanidad. Para eso había que sacudir la indiferencia de la mayoría, la ignorancia de tantos, el temor de todos.
‘’Si el viaje fracasa, la conquista del espacio se atrasará cincuenta, cien años, Johnny. Con la amenaza de guerra en que nos debatimos cuesta mucho reunir los fondos necesarios para la empresa. Únicamente un gran éxito nos asegurará la continuidad del esfuerzo’’-le había dicho el profesor Von Baumann, estudiándolo bajo sus cejas grises. Von Baumann era otro soñador. Había luchado cuarenta años hasta conseguir apoyo económico suficiente para la fabricación del Selene. El fracaso parcial del viaje del primer modelo de la espacionave tornaba crítica su situación. Si el segundo no llegaba a la Luna, no habría más oportunidades, Los hombres generalmente prefieren destruirse a conciencia antes que ampliar el horizonte cotidiano.
‘’El primer intento fracasó porque el pobre Jack se quebró, profesor’’-respondía invariablemente Johnny Franciosa-. ‘’Conmigo será distinto’’
Johnny se ajustó con sus propias manos el casco de vitroplast que le aislaba totalmente del mundo exterior; había aprendido a hacerlo sin ayuda durante las agobiadoras pruebas a que le sometió Von Baumann a través de dos años de entrenamiento. El profesor, a su lado, le estrechó la diestra y lo vio penetrar en el cuerpo del monstruo metálico, cuya aguzada punta enfilaba hacia las estrellas.
-¡Buena suerte, Johnny!- Musitó el anciano, sin que su voz se oyera.
Johnny se aseguró las correas sintéticas que ataban su cuerpo al asiento extensible donde debía permanecer hasta que concluyera la primera etapa del viaje, de aceleración inicial. Con movimientos calculados probó los mandos y ajustó el micrófono del casco.
-¡Selene llamando a base! ¡Conteste, base!
-Base hablando con Selene. ¿Qué tal la recepción?
-¡Perfecta!
-Entonces, ¡Buena suerte, Johnny!- era Ernest Boyd, el ingeniero jefe.
-¡Gracias, Ernie!
Los segundos pasaban lentamente. Por el receptor de la pared de la pequeña cámara de mandos del cohete, Johnny escuchó la cronista de la Red Intercontinental de Emisoras trasmitiendo los últimos detalles del histórico momento:
-Dentro de pocos instantes un hijo de la Tierra partirá en busca de otros mundos. Johnny Franciosa, de 32 años de edad, ciudadano americano, flotará en el espacio exterior a través del vacío hacia un objetivo distante 300.000 kilómetros de su planeta natal. ¿Conseguirá llegar? Si lo hace, será el hombre más solo en la historia de la humanidad. La opinión pública mundial está dividida al respecto. Tardaremos dos días y medio en saber si la primera fase de la experiencia ha tenido éxito, pero durante todo el viaje estaremos en contacto con Franciosa a través de la radio. La base de Yucca Flats retrasmitirá en cadena toda la información reciba…
Johnny oprimió el botón que cortaba la recepción. En el cuadrante de instrumentos se encendió una luz roja y un timbre repicó agudamente. En los auriculares del casco resonó la voz de Von Baumann.
-Diez segundos para el momento, Johnny.
-Bien.
-Nueve…ocho…siete…
Pronto estaría en viaje. O volaría hecho pedazos si los tubos eyectores de los cohetes no resistían. Cerró los ojos y volvió a abrirlos. Traspiraba profusamente; tragó saliva y sintió que tenía los labios resecos. Pero aquel no era momento para dejarse dominar por los nervios. Tenía que concentrarse. ¿Qué decía la voz?
-…cinco…cuatro…
Johnny oprimió la palanca que accionaba los motores, listo para detenerlos si algo marchaba mal; toda la operación de despegue era automática, controlada desde la torre de despegue, pero el piloto podía detenerla en cualquier momento desactivando el mecanismo central. Nada podía fallar.
-…tres…dos…uno…buena suerte… ¡CERO!
Johnny lanzó todo el aire que quedaba en sus pulmones y contuvo la respiración. Al mismo tiempo los motores atómicos rugieron con la furia de mil gigantes cautivos. El suelo tembló, y los espectadores que observaban la escena desde las ventanas de plexiglás de la casamata de concreto vieron cómo el Selene 2, primero lentamente, luego más de prisa, y por fin a tremenda velocidad despegaba y se perdía en el firmamento estrellado, desapareciendo verticalmente a la plataforma de lanzamiento.
La primera parte, que según los técnicos era la más peligrosa, había tenido éxito.
Luego, el viaje. Para Johnny no fue largo. En realidad apenas la Tierra se convirtió en una esfera que se hacía cada vez más pequeña, el cosmonauta perdió toda la noción del tiempo. Estaba solo, absolutamente solo, alejándose de sus semejantes a velocidad creciente, ante una pared más negra que un sótano, en la que se reflejaban con un brillo intolerable las estrellas en la Vía Láctea. La Luna crecía por momentos llenando la pantalla de observación de proa hasta cubrirla por completo con su intensa imagen blanca. A cien mil kilómetros de la Tierra, un puntito plateado y brillante señalaba la órbita muerta del Selene 1. Johnny sonrió suavemente hacia la tumba de su predecesor. ‘’Pobre Jack’’, pensó a modo de oración.
La tumba ideal para un cosmonauta.
Dos días y doce horas. Durante todo el viaje Johnny había estado en contacto con el profesor Von Baumann. La estática no lograba borrar la emoción en la voz del inventor. La Tierra esperaba el momento del descenso –alunizaje, se dijo Johnny- conteniendo la respiración. El cosmonauta cerró el receptor de radio. Aquel instante era para él demasiado sublime para compartirlo.
Acomodándose en el asiento reajustó las correas de seguridad. Luego oprimió el botón verde que controlaba los cohetes de proa, que actuaban como frenos. Al hacerlo exhaló mecánicamente el aire esperando la brusca disminución de velocidad. Nada ocurrió. Aspirando profundamente, volvió a apretar el botón. Los cohetes no funcionaron. Insistió con fuerza, alarmado. Un gusto amargo, a miedo, se expandió en su boca y le llegó a la garganta. El mecanismo electrónico estaba descompuesto.
Con mano insegura restableció contacto radial con la Base Tierra.
-Selene 2 llamando a Base Tierra… ¡Conteste, Base Tierra!
-¡Aquí Base Tierra! ¿Qué ocurre, Johnny?- era el ingeniero jefe Boyd
-¡Von Baumann! ¡Lo necesito inmediatamente!
- Estoy aquí, Johnny… serénate. ¿Qué ocurre? –el inventor había adivinado a través del espacio que algo marchaba mal en la cabina de la astronave.
-¡Los cohetes delanteros no funcionan, profesor! ¿Qué hago?
Hubo una pausa insignificante.
-Escúchame atentamente Johnny… y no pierdas la serenidad- la voz de Von Baumann era tranquila. Johnny se humedeció los labios con la punta de la lengua-. Recuerda lo que debes hacer. Tendrás que invertir los mandos y posar el aparato accionando los cohetes impares para que descienda lateralmente… Utiliza la vigésima parte de la potencia normal cuando estés a dos kilómetros y medio de la superficie lunar. Te sacudirás un poco pero nada más… ten confianza.
-¡Sí, profesor, gracias!- Johnny se sintió más tranquilo. Con un esfuerzo dominó el leve temblor de sus labios y advirtió que estaba rezando. Miró al altímetro: estaba a veinticinco kilómetros de altura sobra la Luna. La distancia se acortaba rápidamente. La superficie del satélite cubría todo el portillo de proa con un brillo hipnótico. La diestra de Johnny se adelantó hacia el botón rojo que accionaba los cohetes posteriores impares. Sus ojos estaban clavados en el altímetro, que leyó en voz alta sin darse cuenta.
-Quince…doce…once…ocho…siete...
Por los auriculares le habla la voz de Von Baumann como quien musita una plegaria:
-¡Desciende bien, Johnny! Si no lo haces el hombre perderá las estrellas… seguirá atado a la Tierra por generaciones… cuidado, Johnny, cuidado…
¡Seis kilómetros... cinco…cuatro…tres…! Mientras con la mano izquierda movía un dial numerado hasta la cuarta marca, con el índice de la mano derecha Johnny oprimió el botón rojo. Los cohetes 1, 3 y 5 rugieron y la máquina espacial se sacudió, cambiando de rumbo cuando parecía que estaba a punto de estrellarse. El brillante panorama lunar se deslizó vertiginosamente ante los ojos del cosmonauta, que lanzó un gemido ahogado por la terrible presión. Luego el Selene 2 se detuvo y Johnny se sintió proyectado hacia delante con tanta violencia que creyó que las correas que le sujetaban se romperían.
Sacudió la cabeza dentro del casco protector. Tenía gusto a sangre en la boca y le dolía todo el cuerpo como si hubiera recibido una paliza. Con mirada perdida buscó la ventana de observación. Entonces oyó el zumbido. Instantáneamente lo identificó. Era aire que escapaba. Con los movimientos precisos del hombre que sabe lo que hace se ajustó sobre el casco protector la cubierta de vitroplast y abrió la llave de los depósitos auxiliares de oxígeno comprimido que llevaba en el traje espacial.
El silbido del aire huyendo por una brecha era cada vez más fuerte. Johnny soltó las correas que lo sujetaban al asiento y se incorporó, volviéndose a mirar. El Selene 2 se había desgarrado a lo largo de la cabina contra una punta rocosa que se había interpuesto en su camino. Por la brecha el aire escapaba rápidamente.
El oxígeno del traje espacial duraría cuatro horas. al cabo de ese tiempo era posible cargar los depósitos nuevamente, sacando el gas de los tanques del Selene 2. ¿Pero quién pensaba en eso? ¡Había llegado a la luna! Con una mano que temblaba, esta vez de emoción, conectó el trasmisor de radio.
-¡Lo hice! -gritó-. Von Baumann... ¡He descendido bien!
-¡Gracias a Dios! -llegó débilmente la respuesta del inventor-. ¿Y el Selene?
Johnny miró la proa destrozada del navío sideral y sus ojos se nublaron. El Selene 2 no volvería a volar. La comprensión de esto hecho le hizo estremecer. ¡Estaba condenado! Había llegado a la Luna, pero no podría regresar a la Tierra. Nunca. Le quedaban cuatro días y medio de vida, aproximadamente. Después, la soledad, el frío eternos.
-El Selene está destrozado -repuso con voz que no era la suya-. Es imposible repararlo.
La voz de Baumann se veló.
-¡Tienes que hacerlo, Johnny! ¡No puedes darte por vencido... trabaja desde ya! Piensa en nuestros sueños... en ti. En la Humanidad.
Humanidad. Palabra algo vaga. Eran más tangibles los sueños.
Johnny miró los trozos de retorcido metal y tragó saliva. Era inútil. Lo sabía.
-Voy a echar una mirada y restableceré contacto, profesor -mintió-. Tal vez sea posible
En la Base Tierra, Von Baumann y el grupo de técnicos se movieron nerviosamente en torno al trasmisor de radio. Una docena de cronistas de distintas agencias noticiosas internacionales escuchaban con las misma ansiedad. Todos sabían que del siguiente mensaje de Johnny dependía el futuro de los vuelos espaciales. La misma amenaza de guerra cedía su paso a la expectativa.
-¡Profesor! -el contacto de restableció. La voz de Johnny era aguda, cargada de excitación-. Salí del Selene para verificar la magnitud del daño y recibí la sorpresa del siglo. En la Luna hay atmósfera... evidentemente muy tenue, pero es respirable. Es más. ¡Hay habitantes!
Todos se miraron. ¿Habría enloquecido el astronauta?
-Pregúntele cómo son -susurró uno de los periodistas. Von Baumann hizo un gesto brusco. El receptor produjo una serie de ruidos extraños, metálicos-
-¡Johnny! -gritó el inventor-. ¿Estás bien? ¿Que ocurre?
-Estoy perfectamente, doctor -la voz de Johnny era nuevamente clara, libre de estática y de sonidos parásitos-. Me he quitado el casco...¿oye el ruido de la brisa? Estoy en el fondo del cráter Copérnico. En estos momentos se acercan a mí cuatro seres de unos dos metros y medio de alto, provistos de seis extremidades muy delgadas... no parecen belicosos. Me adelantaré a recibirlos. ¡Corto!
-¡Johnny! ¡Un momento, Johnny! -gritó Von Baumann, haciendo chasquear la palanca del micrófono infructuosamente. El astronauta había interrumpido la comunicación.
Los ocupantes de la torre de control se miraron, aturdidos. Todas las teorías parecían derrumbarse. ¡Vida en la Luna! Uno de los periodistas corrió hacia la puerta y los demás lo siguieron. Aquella era una noticia de primera plana. Von Baumann, con mano temblorosa, siguió accionando la perilla del trasmisor. De pronto el receptor cobró vida nuevamente y los cronistas detuvieron su éxodo para escuchar, tomando notas.
-Los selenitas parecen inteligentes, profesor -era Johnny, hablando con voz cargada de nerviosidad-. Hablo desde el exterior del Selene 2 por medio de una conexión que improvise, pero temo que no podré seguir haciéndolo durante mucho tiempo. Los cuatro seres están a corta distancia y me hacen señas. No sé que pretenden, pero creo que esperan que los siga. ¡Atención! Uno de los insectos lleva un largo tubo que brilla... ahora apunta hacia el Selene. Me acercaré a ellos, pues parece un arma y temo que...
La voz cesó en el receptor. Von Baumann ahogó una maldición de impotencia. Uno de los cronistas, que se había acercado a la gran ventana abierta hacia la noche, lanzó un grito gutural.
-¡Dios! -murmuró-. ¡Miren eso!
En la zona oscura del gran cráter Copérnico, que se destacaba sobre la Luna llena, se había encendido una luz. Monstruosa, más brillante que la misma Luna, comenzó a extenderse con la celeridad de un relámpago. Al mismo tiempo la superficie del satélite pareció velarse, como si una inmensa nube la estuviera cubriendo.
-¡Qué me cuelguen! -exclamó el ingeniero Boyd-. Es una explosión atómica... ¡Una explosión atómica en la Luna!
-¡Los selenitas han desintegrado al Selene 2! -gritó otro de los periodistas. Y todos abandonaron la sala. Esta vez no podían perder tiempo. Había que informar al mundo.
Von Baumann se aferró al aparato de radio, mortalmente pálido.
-¡Johnny! -llamó angustiado-. ¡Contesta, por favor!
Pero el receptor permaneció mudo. El piloto del Selene 2 no podía contestar.
Johnny, de pie sobre un promontorio de piedra pómez helada, miró cómo los motores atómicos del Selene 2, que acaba de activar, estallaban silenciosamente en el fondo de aquel mundo muerto. La tremenda explosión levantó una gigantesca nube de fino polvo lunar, que se alzó lentamente hasta cubrir el fantástico escenario, abriéndose como un hongo monstruoso. Johnny esbozó una sonrisa tras la escafandra de vitroplast. El Selene 2 había cumplido con su deber hasta el fin. Como su piloto. La mentira del hombre y la máquina servirían para llevar a la Humanidad a la Luna, a los planetas... a las estrellas.
Porque en el satélite no había atmósfera ni habitantes. Pero una vez dada la noticia por el primer astronauta allí desembarcado, ¿quién podría detener el clamor popular que quería saber, conocer a aquellos selenitas capaces de producir una explosión atómica? Sin contar con la lógica curiosidad por el destino corrido por Johnny Franciosa.
Suspirando miró el cuadrante donde una diminuta aguja señalaba la cantidad de oxígeno que le quedaba. Dos tercios del segundo tanque. Después, el frío y la oscuridad. Pero estaba contento. Alzando la cabeza miró hacia la tierra, que como una enorme bola de billar verde brillaba en el firmamento estrellado. Un hombre solo regalaba el infinito a los hombres. La sonrisa se acentuó en sus labios. Cuando realizaran el segundo viaje, los astronautas al alunizar el Copérnico lo encontrarían allí, sentado sobre la roca, mirando hacia La Eternidad.
Pasaría a la Historia como el mayor mentiroso del siglo.
En la Tierra, solo en el extremo más alejado del campo de pruebas, Von Baumann caminaba con las manos en los bolsillos de la chaqueta de tweed y la vista clavada en la Luna, cuya superficie había vuelto a normalizarse.
-¿Por qué, Johnny? -preguntó, sin mover casi los labios, con una mirada de inmensa pena en sus ojos miopes. Tal vez era el único hombre en todo el planeta que sospechaba lo ocurrido y trataba de comprenderlo. De pronto, como si una voz inaudible le hubiera hablado al oído, asintió: -Sí, ya sé- El hombre tiene que llegar a las estrellas. ¡Y tú has abierto el camino! Centenares de millones de ojos están clavados en el cielo, buscando alguna señal tuya... ansiando que parta otro cohete en tu seguimiento ¡Y así se hará!
El viejo se secó los ojos con el dorso de la mano y carraspeó. Aquél no era momento para llantos. No se llora por los triunfadores. Lo que correspondía hacer era comenzar nuevamente a trabajar.
Mientras regresaba al laboratorio consultó, casi sin saber por qué lo hacía, el reloj. Habían pasado cuatro horas desde el estallido del Selene 2.
Una eternidad.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Alfredo Julio Grassi–Colecciones completas en DVD

https://www.clubcomic.com.ar/comics/agrassi.htm

https://www.clubcomic.com.ar/comics/agrassi2.htm

ALFREDO JULIO GRASSI,el hombre de los más de treinta seudónimos

Pequeñas biografias de grandes historietistas

De: https://rebroteorganizandoeventos.blogspot.com/2013/06/pequenas-biografias-de-grandes.html

Alfredo Grassi y una de sus hijas en el interior de una tumba Etrusca, en Cervetari,Italia, en 1978.

HIJO DEL DR. ALFREDO GRASSI, ALFREDO JULIO NACIÓ EN SAN VICENTE, PROVINCIA DE SANTA FE, ARGENTINA, UN 9 DE JULIO DE 1925. GRAN LECTOR, ESCRIBE DESDE JOVEN, PERO RECIÉN EN 1946 COMIENZA A PUBLICAR. UTILIZA UN SEUDÓNIMO:FRED W. SEYMOUR, UNO DE LOS MAS DE 30 QUE EMPLEARÍA EN SU LARGA CARRERA COMO ESCRITOR,GUIONISTA DE HISTORIETAS, TRADUCTOR, PERIODISTA Y DOCENTE EN LA ESCUELA DE CINE QUE ÉL MISMO CREARA.

SU ESCRITURA PROLIJA Y CUIDADA SE DESTACA EN LOS GÉNEROS QUE MÁS CULTIVARÍA: EL POLICIAL Y LA CIENCIA FICCIÓN, CON UNA PRODUCCIÓN INMENSA: ALFREDO JULIO GRASSI HA ESCRITO CERCA DE 50 NOVELAS. EN LOS AÑOS CINCUENTA TRABAJA PARA EDITORIAL ACME PUBLICANDO NOVELAS POLICIALES DENTRO DE LA COLECCIÓN "RASTROS" Y TRADUCIENDO OBRAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL PARA UN PÚBLICO JOVEN CON LA COLECCIÓN "ROBIN HOOD", CUYA IMAGEN CREARA PABLO PEREYRA. ENTRE 1957 Y 1959 DIRIGIÓ LA REVISTA "PISTAS DEL ESPACIO" BASADA EN EL MODELO IMPUESTO AÑOS ANTES (Y EN EL HUECO COMERCIAL DEJADO POR SU CIERRE) POR LA PIONERA Y NOTABLE "MÁS ALLÁ", A SU VEZ INSPIRADA EN REVISTAS YANKIS DE LITERATURA DE CF.

EN 1952 INGRESA A "BUCANEROS". AÑOS MÁS TARDE A EDITORIAL COLUMBA Y POSTERIORMENTE A EDICIONES RECORD. PARA LOS EEUU CREA LA TIRA PARA EL KING FEATURES SYNDICATEQUE DISTRIBUYE EN DIARIOS: "DICK, EL ARTILLERO", DIBUJADA PORJOSÉ LUIS SALINAS AL COMIENZO Y MÁS TARDE POR LUCHO OLIVERA. COMO ENSAYISTA HA PUBLICADO EN EDITORIAL COLUMBA DENTRO DE LA COLECCIÓN "ESQUEMAS":¿QUÉ ES LA HISTORIETA? Y ¿QUÉ ES LA ARGENTINA?.

Alfredo Grassi junto a su esposa, a comienzo de esta década.

FUE EDITOR DE LA REVISTA CENTURIA, CON ABUNDANTE MATERIAL DE CIENCIA FICCIÓN, CASI TODO SUYO,CON SU NOMBRE O CON SEUDÓNIMO. TAMBIÉN HIZO NOVELAS DE COWBOYS Y POR SUPUESTO MILES DE GUIONES DE HISTORIETAS PARA MÚLTIPLES EDITORIALES ARGENTINAS E ITALIANAS.

Buena parte de sus relatos de ciencia ficción están reunidos en antologías. "Y las estrellas caerán" (1967) y "En la isla y otros relatos de fantasía" (1970), son algunos de los más destacados títulos.
Grassi además de escritor ha sido un militante político dentro de las filas de la U.C.R. En 1965 como interventor del gobierno creó en el instituto del cine, la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC).Durante el gobierno del Dr. Arturo Illia (1966) presidió el Instituto de Cine de la República Argentina (INCAA) y luego continuó como interventor durante la dictadura de Onganía. Más adelante, cuando llega a la presidencia Alfonsín, asume como subgerente de ATC (Argentina Televisora Color, la actual Televisión Pública, canal 7). Ha dictado clases de cine en el ENERC que él fundara.

Una de sus obras recientes es el cuento breve Los confines con clara continuidad con la de su anterior cuento Las zonas, una de sus historias preferidas, incluido en la antología "Los universos vislumbrados" .En la actualidad vive en la ciudad de Buenos Aires y continúa escribiendo.
Muchos recordamos a "Yo, Ciborg" y a "Ronar" o a la serie"Galaxia Cero", todas dibujadas por Lucho Olivera en la década del setenta y para Ediciones Record como algunas de sus historietas más logradas.
Tal vez sea "El dulce color de las Estrellas", la historieta aparecida en julio de 1974 en el número 1 de la revista Skorpio -su primera colaboración con la editorial- una de las más estremecedoras visiones sobre la condición humana, muy en línea con el pensamiento Bradburyano sobre las civilizaciones que se extinguen.

Felipe R. Ávila

Nota: Agradecemos las fotografías aquí presentadas, las que pertenecen a Alfredo Grassi y fueron enviadas gentilmente a Rebrote para complementar toda entrevista o informe que lleváramos adelante.

PUBLICADO POR FELIPE R. AVILA EN 0:36

ETIQUETAS: GRASSI, LUCHO OLIVERA, PEQUEÑAS BIOGRAFIAS DE GRANDES HISTORIETISTAS

Falleció Alfredo Julio Grassi, 17 de agosto de 2018

Por Andrés Accorsi

De: http://www.comiqueando.com.ar/comic_clips/fallecio-alfredo-grassi/

El viernes 17 llegó a su fin la leyenda del maestro Alfredo Julio Grassi, quien naciera en Buenos Aires el 9 de Julio de 1925.

alfredo-julio-grassi

Escritor, ensayista, poeta, editor, docente, traductor, hombre de destacada labor en el campo de la cultura y prolífico guionista de historietas, Grassi publicó profesionalmente desde 1946, en decenas de editoriales argentinas y extranjeras.

Muchas de sus obras están firmadas con los más variopintos seudónimos (se calcula que fueron más de 30), por eso a veces no son tan fáciles de rastrear. La historieta más popular de Grassi fue Dick el Artillero, una tira de temática futbolística, distribuida a escala global por el King Features Syndicate. Pero el grueso de su producción pudo disfrutarse durante décadas en las revistas de Columba y de Ediciones Record.

Allí, Grassi nos obsequió notables trabajos en el campo de la aventura gráfica, en equipo con artistas de la talla de José Luis Salinas, Carlos Vogt, Arturo Del Castillo, Lucho Olivera, Juan Zanotto, Carlos Meglia, Alberto Salinas, Lito Fernández y Quique Alcatena, entre otros. Imposible medir la importancia y la influencia de la ingente producción de este autor, que abarca varias décadas y se desparrama por casi todas las editoriales de historieta que tuvo este país entre 1945 y 1995.

Activo en el campo de la literatura fantástica hasta sus últimos días, el maestro Grassi nos dejó a los 93 años, pero vivirá por siempre en sus cuentos, novelas, ensayos y -por supuesto- historietas.

jueves, 12 de julio de 2018

Harrison Bergeron de Kurt Vonnegut

Este cuento es el segundo de Kurt Vonnegut que aparece en este sitio. Publicado originalmente en 1961 en la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, cuenta la historia de una sociedad totalitaria en la que toda la población es reducida a la “igualdad” (a una mediocridad incapacitante) por un gobierno opresor. Por supuesto, no hay sociedad humana que sea exactamente como la que aquí se representa, pero Vonnegut sí describe, exagerándolos, retorciéndolos, sucesos y modos de pensar de su presente y del nuestro. Hay que recalcar que el acto de rebeldía en el centro del cuento no está observado de manera optimista. La traducción es una versión muy revisada de ésta.

Kurt Vonnegut

HARRISON BERGERON

Kurt Vonnegut

Era el año 2081, y todos eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley. Iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro. Nadie era más hermoso que ningún otro. Nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Dirección General de Discapacitación de los Estados Unidos.
      Algunas cosas en la vida aún no estaban del todo bien, sin embargo. Abril, por ejemplo, ya no era el mes de la primavera, y esto volvía loca a la gente. Y en este mes, húmedo y frío, los de la DGD se llevaron a Harrison Bergeron, de catorce años, hijo de George y Hazel Bergeron.
      Fue una tragedia, realmente, pero George y Hazel no podían pensar mucho en eso. Hazel tenía una inteligencia totalmente promedio, lo que significa que no era capaz de pensar en nada salvo por breves periodos. Y George, aunque tenía una inteligencia por encima de lo normal, llevaba en la oreja una pequeña radio discapacitadora. La ley lo obligaba a llevarla a todas horas. Estaba sintonizada a un transmisor del gobierno que cada veinte segundos, aproximadamente, enviaba un ruido agudo para evitar que las personas como George se aprovecharan injustamente de sus cerebros.
      George y Hazel miraban la televisión. Había lágrimas en las mejillas de Hazel, pero de momento ella no recordaba por qué.
      En la pantalla había unas bailarinas.
      Una chicharra sonó en la cabeza de George. Sus pensamientos huyeron aterrados, como ladrones que oyen una campana de alarma.
      –Era bonita esa danza, la que acaba de terminar —dijo Hazel.
      –¿Eh? –dijo George.
      –Esa danza, era bonita –dijo Hazel.
      –Ajá —dijo George. Trató de pensar un poco en las bailarinas. No eran realmente muy buenas: cualquiera hubiese podido hacerlo igual de bien. Todas estaban cargadas con contrapesos y sacos de perdigones, y llevaban máscaras, para que nadie se sintiese deprimido por ver un gesto libre o grácil o una cara bonita. George empezaba a formar la idea vaga de que quizá las bailarinas no debieran tener ninguna discapacidad. Pero no llegó muy lejos antes de otro ruido en la radio de su oreja dispersara sus pensamientos.
      George torció la cara. También lo hicieron dos de las ocho bailarinas.
      Hazel vio la mueca de George. Como ella no tenía discapacitador mental, tuvo que preguntar cuál ruido había sido aquél.
      —Sonó como si golpearan una botella de leche con un martillo de metal —dijo George.
      —Creo que sería interesante oír todos esos ruidos —dijo Hazel, con un poco de envidia–. La de cosas que inventan.
      —Um —dijo George.
      —Pero si yo fuera Directora General de Discapacitación, ¿sabes qué haría? —dijo Hazel. Hazel, de hecho, tenía un gran parecido con la Directora de Discapacitación, una mujer llamada Diana Moon Glampers—. Si yo fuese Diana Moon Glampers —dijo Hazel— pondría campanas los domingos. Sólo campanas. Como en honor de la religión.
      —Yo podría pensar si fuesen sólo campanas —dijo George.
      —Bueno, podrían sonar bien fuerte —dijo Hazel— . Creo que yo sería buena Directora de Discapacitación.
      —Tan buena como cualquiera —dijo George.
      —¿Quién mejor que yo sabe lo que es normal? —dijo Hazel.
      —Sí —dijo George. Empezó a pensar oscuramente en su hijo anormal que ahora estaba en la cárcel, en Harrison, pero una salva de veintiún cañonazos en su cabeza lo detuvo.
      —¡Uy! —dijo Hazel— . Ese sí estuvo duro, ¿no?
      Había estado tan duro que George se había puesto blanco, y temblaba, y le asomaban lágrimas en los ojos enrojecidos. Dos de las ocho bailarinas habían caído al piso del estudio y se apretaban las sienes.
      —De pronto te ves muy cansado —dijo Hazel—. ¿Por qué no te acuestas en el sofá y apoyas tu discapacitador de plomo en los cojines, mi cielo? —Hazel se refería a los veinte kilos de perdigones en un saco de tela que George llevaba colgados del cuello, fijos con candado—. Apoya el peso un ratito —dijo—. No me importa que no seas igual a mí durante un rato.
      George sopesó el saco con las manos.
      —No me molesta —dijo—. Ya no lo noto. Es una parte de mí.
      —Has estado muy cansado últimamente, como agotado —dijo Hazel—. Si hubiese modo podríamos hacer un hoyito en el fondo del saco, y sacar algunas bolas de plomo… Sólo unas pocas.
      —Dos años de prisión y una multa de dos mil dólares por cada perdigón que sacara —dijo George—. No es lo que se dice un buen negocio.
      —Si pudieras sacar unos pocos cuando llegas del trabajo —dijo Hazel—. O sea, aquí no compites con nadie. Nada más estás sentado.
      —Si tratara de hacerlo —dijo George— otra gente lo haría también, y muy pronto estaríamos de nuevo en las edades oscuras, cuando todos competían contra todos. No te gustaría, ¿o sí?
      —Lo odiaría —dijo Hazel.
      —Ahí está —dijo George—. En el momento en que la gente hace trampa con las leyes, ¿qué crees que le pasa a la sociedad?
      Si Hazel no hubiera podido responder a esta pregunta, George no hubiera podido dar una. Una sirena aullaba en su cabeza.
      —Se haría pedazos, supongo.
      —¿Qué cosa? —dijo George desconcertado.
      —La sociedad —dijo Hazel, insegura—. ¿No fue eso lo que dijiste?
      —Quién sabe —dijo George.
      Un boletín de noticias interrumpió de pronto el programa de televisión. En un principio no estuvo claro sobre qué noticia era el boletín, pues el anunciador, como todos los anunciadores, tenía una seria discapacidad en el habla. Durante medio minuto, y muy excitado, el hombre trató de decir:
      —Damas y caballeros…
      Al fin se dio por vencido y le pasó el boletín a una bailarina.
      —Está bien —dijo Hazel del anunciador—. Lo intentó. Esa es la cosa. Hizo lo mejor que pudo con lo que Dios le dio. Deberían darle un buen aumento por tanto esfuerzo.
      —Damas y caballeros —dijo la bailarina leyendo el boletín. Debía ser extraordinariamente hermosa, pues la máscara que llevaba era horrible. Y era fácil ver también que era la más fuerte y más grácil de todas las bailarinas, porque sus sacos de discapacitación eran tan grandes como los de un hombre de cien kilos.
      Y tuvo que pedir perdón de inmediato por su voz, que era una voz verdaderamente injusta para una mujer. Era una melodía cálida luminosa, atemporal.
      —Discúlpenme —dijo la muchacha y empezó a hablar otra vez, haciendo una voz absolutamente no competitiva—. Harrison Bergeron, de catorce años —dijo con un graznido—, acaba de escapar de la cárcel, donde se le retenía acusado de conspirar para derrocar al gobierno. Es un genio y un atleta, no tiene suficiente discapacitación, y se le debe considerar extremadamente peligroso.
      Una foto policial de Harrison Bergeron tomada apareció en la pantalla cabeza abajo, de costado, cabeza abajo otra vez, y finalmente al derecho. La fotografía mostraba a Harrison de pie ante un fondo calibrado en metros y centímetros. Medía exactamente dos metros diez.
      Por lo demás, Harrison parecía un fantasma o una ferretería. Nadie había llevado nunca discapacitadores más pesados. Había superado cada impedimento más rápido de lo que los hombres de la DGD podían imaginar uno nuevo. En vez de una pequeña radio en la oreja como discapacitador mental, llevaba un par tremendo de audífonos, y además anteojos de vidrios gruesos y ondulados. Los anteojos tenían el fin no sólo de dejarlo medio ciego, sino también de provocarle horribles dolores de cabeza.
      Trozos de metal le colgaban de todo el cuerpo. Habitualmente había cierta simetría, una eficiencia militar en los discapacitadores suministrados a las personas fuertes, pero Harrison parecía un deshuesadero ambulante. En la carrera de la vida, Harrison arrastraba más de ciento cincuenta kilos.
      Y para afearlo, los hombres de la DGD lo obligaban a usar todo el tiempo nariz roja de payaso, a rasurarse las cejas y a cubrirse los dientes blancos y regulares con falsos huecos y caries colocados al azar.
      —Si ven a este muchacho —dijo la bailarina— no intenten, repito, no intenten discutir con él.
      Se oyó el estruendo de una puerta arrancada de sus goznes.
      Del estudio de televisión llegaron gritos y aullidos de consternación. La foto de Harrison Bergeron saltó una y otra vez en la pantalla, como bilando al son de un terremoto.
      George Bergeron identificó en seguida el origen del sismo. No le costó, pues muchas veces su propia casa había danzado del mismo modo.
      —¡Dios mío! —dijo George— ¡Ese debe ser Harrison!
      El ruido de un choque de automóviles le barrió esa comprensión de la cabeza.
      Cuando George pudo abrir los ojos otra vez, la fotografía de Harrison había desaparecido. Harrison mismo llenaba ahora la pantalla.
      Harrison: un payaso enorme, repicante, estaba de pie en el centro del estudio. Tenía aún en la mano el pestillo de la puerta que acababa de arrancar. Bailarinas, técnicos, músicos y anunciadores estaban de rodillas ante él, esperando morir.
      —¡Soy el emperador! —gritó Harrison— ¿Me oyen? ¡Soy el emperador! ¡Todos deben hace lo que yo diga inmediatamente!
      Golpeó el piso con el pie y el estudio tembló.
      —Aun tullido, encorvado, impedido como ustedes me ven aquí —rugió—, ¡soy más grande gobernante que cualquier otro que haya vivido! ¡Y ahora miren cómo me convierto en lo que puedo convertirme!
      Harrison se arrancó las correas que sostenían su discapacitador como si fueran de papel higiénico: correas garantizadas para sostener dos mil quinientos kilos.
      Los pedazos de chatarra retumbaron al dar contra el suelo.
      Harrison pasó los pulgares bajo la barra que aseguraba su arnés para la cabeza. La barra se rompió como un tallo de apio. Harrison aplastó los lentes y los audífonos contra la pared.
      También se arrancó la nariz de goma descubriendo a un hombre que hubiera estremecido a Thor, el dios de trueno.
      —¡Ahora elegiré a mi emperatriz! —dijo, mirando al grupo arrodillado a sus pies—. Que la primera mujer que se atreva a levantarse reclame a su esposo y su trono.
      Pasó un momento y al fin una bailarina se puso de pie, balanceándose como un sauce.
      Harrison sacó el discapacitador mental de la oreja de la bailarina y luego los discapacitadores físicos con asombrosa delicadeza. Finalmente le quitó la máscara.
      La bailarina era de una belleza cegadora.
      —Ahora —dijo Harrison tomándole la mano—, ¿le mostramos a la gente lo que significa la palabra “danza”? ¡Música! —ordenó.
      Los músicos treparon de vuelta a sus sillas, y Harrison les quitó también sus discapacitadores.
      —Toquen tan bien como puedan —les dijo— y les haré barones y duques y condes.
      La música comenzó. Era normal al principio: barata, tonta, falsa. Pero Harrison alzó a dos músicos de sus sillas y los movió en el aire como batutas, mientras cantaba la música como deseaba que la tocaran. Luego los dejó caer otra vez en los asientos.
      La música comenzó de nuevo y estuvo mucho mejor.
      Harrison y su emperatriz se quedaron un rato escuchando, gravemente, como esperando a que los latidos de sus corazones concordaran con la música.
      Luego se alzaron en puntas de pie. Harrison tomó entre sus manazas el talle delgado de la bailarina, haciéndole sentir la ingravidez que pronto sería suya.
      Y entonces, en una explosión de gracia y alegría, saltaron al aire.
      No sólo abandonaron las leyes de la Tierra sino también las leyes de la gravedad y las del movimiento.
      Giraron, remolinearon, brincaron, cabriolaron, caracolearon y revolotearon.
      Saltaron como ciervos en la Luna.
      El cielorraso estaba a diez metros de altura, pero con cada salto los bailarines se acercaban más a él.
      Pronto fue evidente que intentaban tocarlo.
      Lo tocaron.
      Y luego, neutralizando la gravedad con puro amor y voluntad, se quedaron suspendidos en el aire a unos pocos centímetros bajo el cielorraso, y allí se besaron durante largo tiempo.
      Fue entonces que Diana Moon Glampers, la Directora General de Discapacitación, entró en el estudio con una escopeta de doble cañón. Disparó dos veces y el emperador y la emperatriz murieron antes de llegar al suelo.
      Diana Moon Glampers cargó otra vez la escopeta. Apuntó a los músicos y les dijo que tenían diez segundos para ponerse otra vez los discapacitadores.
      En ese momento el tubo de la televisión de los Bergeron se quemó.
      Hazel se volvió hacia George para comentarle el desperfecto. Pero George había ido a la cocina por una lata de cerveza.
      George regresó con la cerveza y se detuvo mientras una señal discapacitadora lo sacudía de pies a cabeza. Luego se sentó otra vez.
      —Has estado llorando —le dijo a Hazel.
      —Sí —dijo ella.
      —¿Por qué? —dijo él.
      —No me acuerdo. Algo bien triste en la televisión.
      —¿Qué era? —dijo él.
      —Lo tengo confundido en la cabeza —dijo Hazel.
      —Olvida las cosas tristes —dijo George.
      —Eso hago siempre —dijo Hazel.
      —Esa es mi chica —dijo George. Torció la cara. Había el ruido de una remachadora en su cabeza.
      —Uy. Ese sí estuvo duro, ¿no? —dijo Hazel.
      —Y que lo digas.
      —Uy —dijo Hazel—. Ese sí estuvo duro.

viernes, 16 de febrero de 2018

El jardín de senderos que se bifurcan (1941; Ficciones, 1944

A Victoria Ocampo

En la página 242 de la Historia de la Guerrra Europea de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.
         “... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y —pero eso parecía muy secundario, o debería parecérmelo— también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido arrestado o asesinado[1]. Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte. Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición ¿cómo no iba a brazar y agradecer este milagroso favor: el descubirmiento, la captura, quizá la muerte de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que es día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente me pasa me pasa a mí... El casi intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. En mitad de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a Richard Madden, ahora que mi gasrganta anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. El nombre del preciso lugar del nuevo parque de artillería británico sobre el Ancre.Un pájaro rayó el cielo gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en mucho (en el cielo francés) aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. Si mi boca, antes que la dehiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que los oyeran en Alemania... Mi voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del Jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos... Dije en voz alta: Debo huir. Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome. Algo -tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos—me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, un carta que resolví destruir inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala. Absurdamente lo empuñé y sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de la única persona capaz de transmitir la noticia: viviía n un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.
         Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra —un hombre modesto— que para mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe... Lo hice, porque yosentía que el Jefe tenía en poco a los de mi raza -a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían golpear en cualquier momento a mi puerta. Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. Recurdo que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con lentitud voluntaria y casi penosa; iba a la aldea de Ashgove, pero saqué un pasaje para una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y cincuenta. Me apresuré: el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el andén. Recorrí los coches: recuerdo a unos labradores, una enlutada, un joven que leía con fervor los Anales de Tácito, un sodado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido cristal.
         De esa aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que estaba empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. Argüi que no era mínima, ya que sin esa diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era hombre capaz de llevar a buen término la aventura. De esa debilidad saqué fuerzas que no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignarña cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Así procedí yo, mentras mis ojos de hombre ya muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. ¿Ashgrove? les pregunté a unos chicos en el andén. Ashgrove, contestaron. Bajé.
         Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de la sombra. Uno me interrogó: ¿Usted va a casa del doctor Stephen Albert?. Sin aguardar contestación, otro dijo: La case queda lejos de aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda. Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones de piedra y entré en el solitario camino. Éste, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme. Por un instante, pensé que Richard Madden había penetrado de algún modo mi desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eeso era imposible. El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Ts'ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberintode laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes , olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita.El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines,cursos de agua, ponientes. Llegué, así, a un alto portín herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. Por eso, yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.
         Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y dijo lentamente en mi idioma:
         —Veo que el piadoso Hsi P'êng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?
         Reconocí el nombre de uno e nuestros cónsules y repetí desconcertado:
         —¿El jardín?
         —El jardín de los senderos que se bifurcan-
         Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad:
         —El jardín e mi antepasado Ts'ui Pên.
         —¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.
         El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador e la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros antepasados copiaron de los alfareros de Persia...
         Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin “antes de aspirar a sinólogo”.
         Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.
         —Asombroso destino el de Ts'ui Pên —dijo Stephen Albert—. Gobernador de us provincia natal, docto en astronomía, en astrología y enm la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea —un monje taoísta o budista— insistió en la publicación.
         —Los de la sangre de Ts'ui Pên -repliqué— seguimos execrando a ese moje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorio. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En cuanto a la otra empresa de Ts'ui Pên, a su Laberinto...
         —Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
         —¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo...
         —Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts'ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. El Pabellón de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts'ui Pên murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts'ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito. Otra: un fragmento de una carta que descubrí.
         Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts'ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:
         —Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de Las 1001 Noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a referir textualmente la historia de Las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica, hereditaria, transmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de sus mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna me parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Tsúi Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado.Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones.Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen; por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.
         Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla le parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de un desesperada aventura, en una isla occidental. Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: Así combatieron los héroes, tranquilo eñ admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y morir.
         Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible, intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más íntima y que ellos de algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió:
         — No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. En su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable. Ts'ui Pên fue un novelista genial, preo también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclama —y harto lo confirma su vida— sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que no figura en las páginas del Jatdín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo. ¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?
         Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stephen Albert me dijo:
         —En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
         Refelxioné un momento y repuse:
         —La palabra ajedrez.
         —Precisamente -dijo Albert-, El jardín de los senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el espacio; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cadda uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts'ui Pên. He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer, el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia:El jardín de los senderos que se bifurcan es una imágen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todasla posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravezar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.
         —En todos —articulé no sin un temblor— yo agradezco y venero su recreación del jardín de Ts'ui Pên.
         —No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.
         Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisbles personas. Esas personas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre; pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero y era el capitán Richard Madden.
         —El porvenir ya existe —respondí—, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la carta?
         Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.
         Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que propusierona Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera asesinado por un desconocido, Yu Tsun. El Jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona con ese nombre. No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio.


[1] Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola automática al portador de la orde de arrestro, capitán Richard Madden. Éste, en defensa propia, le causó heridas que determinaron su muerte. (Nota del Editor.)

Charles Yu's top 10 time travel books

De: https://www.theguardian.com/books/2010/oct/20/charles-yu-top-10-time-travel-books?utm_source=twitterfeed&utm_medium=twitter

Encompassing poetry, quantum physics and sexual fantasy, the author of How to Live Safely in a Science Fictional Universe selects his favourite reading about 'the fundamental weirdness of moving around in time'

Horologist at work inside Manchester Town Hall's clockface

Time travel ... A horologist at work inside Manchester Town Hall's clockface. Photograph: Dave Thompson/AP

Charles Yu is a director at Digital Domain, the Oscar-winning visual effects and animation company set up by James Cameron to create state-of-the-art digital imagery for feature films. His award-winning fiction has been published in magazines and literary journals, and he was named by The Daily Beast as a "writer to watch". His debut novel, How to Live Safely in a Science Fictional Universe, tells the story of a time traveller in search of the truth about his father.


"There are two kinds of stories: those that are explicitly about time travel, and those in which the time travel is hidden. Unless a narrative is supposed to represent a single, unbroken, continuous stretch of duration in the timeline of the actions portrayed (in which case it's probably either a court transcript or pornography), there is always, in any story, some element of compression, dilation, distortion or deformation of time – which is a long-winded way of saying there are a lot of time travel stories, and choosing just 10, regardless of criteria, was very hard. I haven't included, for instance, many of the best-known time travel books (The Time Machine by HG Wells, The Man Who Folded Himself by David Gerrold, The Time Traveler's Wife by Audrey Niffenegger, to name a few), because (i) everyone already knows about them, and/or (ii) they are already beloved, and deservedly so.

"Instead, I've come up with a much more idiosyncratic list. I've also cheated. This isn't a list of 10 novels. I've got five novels, one book of lectures on literary theory, two short stories, and one seminal scientific paper. If they have anything in common, it's that many of them are probably not thought of primarily as writings about time travel, even though they are all essentially about the fundamental weirdness of moving around in time."

1. Slaughterhouse-Five, or The Children's Crusade: A Duty-Dance with Death by Kurt Vonnegut, Jr

Vonnegut's classic about a protagonist who comes "unstuck in time" is a four-dimensional cross-section (a novel) of a four-dimensional object (a life). A discontinuous, non-chronological examination of Billy Pilgrim's temporal existence, especially his time in the war and the fire-bombing of Dresden. Plus, Trafalmadorians. As Professor Jack Gladney says, in Don DeLillo's White Noise, "All plots tend to move deathward." The truth of this statement is never more clear than in a time travel narrative, and particularly in Slaughterhouse-Five. Even though we are rarely moving in a straight, forward direction in time through this book, we are always, in every story, inevitably moving toward The End.

2. "The Garden of Forking Paths" by Jorge Luis Borges

"Almost instantly, I understood: 'the garden of forking paths' was the chaotic novel; the phrase 'the various futures (not to all)' suggested to me the forking in time, not in space."

In the space of just a few pages, Borges manages to evoke an idea that might take other writers whole novels to explore: the idea of a narrative as a temporal labyrinth, a set of parallel, counterfactual universes. The brevity only adds to the mystery. We are given a glimpse of one momentarily illuminated portion of a single, ephemeral footpath in a far-flung region of the garden, but in that fleeting interval, we also can sense the scale of the branching structure, infinite in all directions.

3. Einstein's Dreams by Alan Lightman

These are poems made of physics, or maybe physics made of poem. Professor Lightman, a physicist and a literature professor at MIT, creates a kind of rigorous dream, one in which equations (or even perhaps the minutes themselves) seem to hang in the air, or are embedded into the gauzy fabric of the Swiss town in which the young Einstein is dreaming. A town that, despite the fact that it seems to be filled with clocks, is permeated by a haunting stillness, a metaphysical, eternal quality, as if we are inside a word problem as illustrated by de Chirico.

4. The Fermata by Nicholson Baker

Arno Strine can stop time at will (more or less; the exact mechanism that allows him to do so changes over the course of his life). He uses his ability as follows: he finds a woman who is sexually desirable to him, stops time, undresses her, writes down his thoughts about her anatomy, re-clothes her, then re-starts time. It's not as creepy and invasive as it sounds (although maybe it is), because it seems to be an extended metaphor and meditation on fantasy, masturbation, thinking and writing. But here's where the time travel comes in. When Strine has stopped time in the diegesis of the novel, but is still narrating his thoughts to you, as the reader, something very weird is going on. The narration of the story is taking place outside of time for everyone in the world of the book except for Strine, but it is, of course, still taking place in time for the reader in the physical world. In other words, it's not just slowed-down time in the story; for large chunks of the book, no time is passing inside the book, meanwhile, plenty of time is passing for you outside. In other other words, this book is a time machine.

5. The Fabric of Reality by David Deutsch

It's hard for me to express how much I love this book. Deutsch weaves together concepts from the theory of computation, quantum mechanics and Karl Popper's epistemology to make something entirely new. I doubt I understand more than 8% of the book. I've read it three times and I'm starting to think Deutsch is actually trying to tell me that I'm in the Matrix. I'll keep reading it until I can't read anymore.

6. A Wrinkle in Time by Madeleine L'Engle

I still remember the feeling of being swept away by this book in elementary school. Meg and Charles Wallace Murray, the brilliant children of world-class scientists, Drs Alex and Kate Murry, move through the cosmos via a tesseract, a fifth-dimensional folding of the space-time fabric. This universe felt more real than my own, and I desperately wanted to live in a place where kids could save their parents, where any minute now, one might be visited by an inter-dimensional being who would explain to me how much more there was to everything than I'd ever imagined.

7. "—All You Zombies—" by Robert Heinlein

The ultimate time travel short story. The absolute limit in narrative economy and efficiency. One character begets him/herself, and all the others, too. It's like a grand unified theorem of ontological paradox stories. Amazing that Mr Heinlein laid it all out in 1959.

Nota 1

8. Six Walks in the Fictional Woods by Umberto Eco

Adapted from Eco's Charles Eliot Norton Lectures at Harvard University in 1993. It might seem like I'm veering off the path here a little, but I promise this is time travel-related, especially if you read chapter three, "Lingering in the Woods", in which Eco lays out his explanation of the concepts of "story time", "reading time" and "discourse time", and explains how a text is a "lazy machine" that sometimes wants to linger and slow itself down.

9. "An example of a new type of cosmological solution of Einstein's field equations of gravitation" by Kurt Gödel (Rev. Mod. Phys. 21: 447–450.)

OK, now I'm really cheating, but please bear with me. Albert Einstein once told a colleague that he joined the Institute for Advanced Study in Princeton, New Jersey, chiefly for the purpose of walking home with Kurt Gödel. Somehow, out of those leisurely strolls through campus, the two got to talking, and then one day, Gödel says to Einstein, "Hey, guess what, I've got a solution to Einstein's field equations for gravitation that involves a rotating universe where time travel is possible". Now, granted, Gödel probably didn't call them "Einstein's field equations", since he was talking to Einstein – he probably called them "your equations", and he probably didn't drop it so casually in conversation: more likely he gave him some calculations on a piece of paper. Regardless, the point is that Kurt Gödel actually discovered mathematical solutions to Einstein's equations that would allow for a form of time travel in a universe that was governed by general relativity. Not this universe, a hypothetical yet theoretically possible one. But still: whoa!

10. The Restaurant at the End of the Universe by Douglas Adams

Who can forget the Future Semiconditionally Modified Subinverted Plagal Past Subjunctive Intentional tense? This book is my own Total Perspective Vortex on writing. Always something to go back to, in order to feel small, and to laugh, and to remember that whatever I think I might do in the future, Mr Adams probably already did it in the past. And did it funnier.

Notas

1.

 

The Top 10 Time-Travel Books

By Dave Astor

De: https://www.huffingtonpost.com/dave-astor/time-travel-books-top-10_b_905608.html

Among the guiltiest pleasures of reading are time-travel novels. These books can be hokey and hard to believe, but they sure are fun. Who hasn’t put themselves in a century-hopping character’s place and wished they too could leap backward or forward through time?

I’ve compiled a top-10 list in this genre, ranking the books in descending order from 10th best to “best best.” They’re not necessarily the greatest time-travel novels ever, but they happen to be the favorites of the ones I’ve read. If you think some of my picks should be in a different order or booted off the list, or if you want to name other titles worthy of the temporal-tome elite, I’m listening!

10. “Time After Time” (1979) by Karl Alexander. Jack the Ripper swipes H.G. Wells’ time machine to escape into the future, and Wells races after him. Sort of like NASCAR, minus the sponsors.

9. “The Time Traveler’s Wife” (2003) by Audrey Niffenegger. How a woman is affected by her husband moving around time. At least his disappearances didn’t involve long hours in sports bars.

8. “The House on the Strand” (1969) by Daphne du Maurier. A spooky book about a man who takes a drug that enables him to see 14th-century events that occurred in the area where he’s now living. There goes the neighborhood...

7. “Looking Backward” (1888) by Edward Bellamy. The utopian novel that speculated on what life would be like in the U.S. (specifically, Boston) in the year 2000. It even predicted things like credit cards — putting enthralled readers in Bellamy’s debt.

6. “The Mirror” (1978) by Marlys Millhiser. A granddaughter and grandmother involuntarily switch bodies and time periods (1978 and 1900), upsetting genealogists everywhere.

5. “Harry Potter and the Prisoner of Azkaban” (1999) by J.K. Rowling. Not a time-travel book per se, but the temporal-shift scene near the end of the novel is wonderful — as is the premise of how the whip-smart Hermione Granger is able to take classes simultaneously. “A Christmas Carol” (1843) by Charles Dickens is another superb book containing some time travel — but not to 2009, when Scrooge would have been an early Tea Party favorite.

4. “The Time Machine” (1895) by H.G. Wells. The book that coined the term “time machine” tells the gripping story of a man traveling way into the future. He didn’t stop in 2011 to get gas — too expensive.

3. “Time and Again” (1970) by Jack Finney. This novel puts a 20th-century man (Simon Morley) into 1882 New York City, and also offers a mystery and love story. The descriptions and photos of old NYC are fabulous, and there’s a priceless scene in which Simon’s 19th-century love Julia watches TV and wears modern clothes during a visit to 1970. Shockingly, Finney doesn’t have Julia celebrate the 20th anniversary of “Beetle Bailey.”

2. “If I Never Get Back” (1990) by Darryl Brock. You might have to love baseball to truly love this novel, but Brock’s thrilling book (like Finney’s) also has a mystery and love story. The 20th-century Sam Fowler ends up on the 1869 Cincinnati Red Stockings, and even becomes pals with Mark Twain. But Fowler doesn’t paint the outfield fence for Tom Sawyer.

And, speaking of that Samuel Clemens guy...

1. “A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court” (1889) by Mark Twain. This novel sends Hank Morgan back to a Camelot that’s not very Camelot-like. Great predicting-an-eclipse scene, laugh out-loud humor and blistering satire of hyper-militarism. The only thing Twain doesn’t throw into the mix is a preview of “Monty Python and the Holy Grail.”

So there you have it, blog readers from the present, past and future.