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viernes, 16 de febrero de 2018

El jardín de senderos que se bifurcan (1941; Ficciones, 1944

A Victoria Ocampo

En la página 242 de la Historia de la Guerrra Europea de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.
         “... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y —pero eso parecía muy secundario, o debería parecérmelo— también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido arrestado o asesinado[1]. Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte. Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición ¿cómo no iba a brazar y agradecer este milagroso favor: el descubirmiento, la captura, quizá la muerte de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que es día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente me pasa me pasa a mí... El casi intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. En mitad de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a Richard Madden, ahora que mi gasrganta anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. El nombre del preciso lugar del nuevo parque de artillería británico sobre el Ancre.Un pájaro rayó el cielo gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en mucho (en el cielo francés) aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. Si mi boca, antes que la dehiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que los oyeran en Alemania... Mi voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del Jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos... Dije en voz alta: Debo huir. Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome. Algo -tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos—me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, un carta que resolví destruir inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala. Absurdamente lo empuñé y sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de la única persona capaz de transmitir la noticia: viviía n un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.
         Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra —un hombre modesto— que para mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe... Lo hice, porque yosentía que el Jefe tenía en poco a los de mi raza -a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían golpear en cualquier momento a mi puerta. Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. Recurdo que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con lentitud voluntaria y casi penosa; iba a la aldea de Ashgove, pero saqué un pasaje para una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y cincuenta. Me apresuré: el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el andén. Recorrí los coches: recuerdo a unos labradores, una enlutada, un joven que leía con fervor los Anales de Tácito, un sodado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido cristal.
         De esa aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que estaba empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. Argüi que no era mínima, ya que sin esa diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era hombre capaz de llevar a buen término la aventura. De esa debilidad saqué fuerzas que no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignarña cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Así procedí yo, mentras mis ojos de hombre ya muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. ¿Ashgrove? les pregunté a unos chicos en el andén. Ashgrove, contestaron. Bajé.
         Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de la sombra. Uno me interrogó: ¿Usted va a casa del doctor Stephen Albert?. Sin aguardar contestación, otro dijo: La case queda lejos de aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda. Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones de piedra y entré en el solitario camino. Éste, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme. Por un instante, pensé que Richard Madden había penetrado de algún modo mi desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eeso era imposible. El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Ts'ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberintode laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes , olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita.El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines,cursos de agua, ponientes. Llegué, así, a un alto portín herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. Por eso, yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.
         Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y dijo lentamente en mi idioma:
         —Veo que el piadoso Hsi P'êng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?
         Reconocí el nombre de uno e nuestros cónsules y repetí desconcertado:
         —¿El jardín?
         —El jardín de los senderos que se bifurcan-
         Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad:
         —El jardín e mi antepasado Ts'ui Pên.
         —¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.
         El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador e la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros antepasados copiaron de los alfareros de Persia...
         Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin “antes de aspirar a sinólogo”.
         Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.
         —Asombroso destino el de Ts'ui Pên —dijo Stephen Albert—. Gobernador de us provincia natal, docto en astronomía, en astrología y enm la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea —un monje taoísta o budista— insistió en la publicación.
         —Los de la sangre de Ts'ui Pên -repliqué— seguimos execrando a ese moje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorio. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En cuanto a la otra empresa de Ts'ui Pên, a su Laberinto...
         —Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
         —¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo...
         —Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts'ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. El Pabellón de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts'ui Pên murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts'ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito. Otra: un fragmento de una carta que descubrí.
         Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts'ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:
         —Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de Las 1001 Noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a referir textualmente la historia de Las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica, hereditaria, transmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de sus mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna me parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Tsúi Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado.Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones.Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen; por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.
         Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla le parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de un desesperada aventura, en una isla occidental. Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: Así combatieron los héroes, tranquilo eñ admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y morir.
         Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible, intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más íntima y que ellos de algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió:
         — No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. En su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable. Ts'ui Pên fue un novelista genial, preo también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclama —y harto lo confirma su vida— sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que no figura en las páginas del Jatdín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo. ¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?
         Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stephen Albert me dijo:
         —En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
         Refelxioné un momento y repuse:
         —La palabra ajedrez.
         —Precisamente -dijo Albert-, El jardín de los senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el espacio; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cadda uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts'ui Pên. He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer, el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia:El jardín de los senderos que se bifurcan es una imágen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todasla posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravezar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.
         —En todos —articulé no sin un temblor— yo agradezco y venero su recreación del jardín de Ts'ui Pên.
         —No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.
         Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisbles personas. Esas personas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre; pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero y era el capitán Richard Madden.
         —El porvenir ya existe —respondí—, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la carta?
         Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.
         Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que propusierona Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera asesinado por un desconocido, Yu Tsun. El Jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona con ese nombre. No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio.


[1] Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola automática al portador de la orde de arrestro, capitán Richard Madden. Éste, en defensa propia, le causó heridas que determinaron su muerte. (Nota del Editor.)

Charles Yu's top 10 time travel books

De: https://www.theguardian.com/books/2010/oct/20/charles-yu-top-10-time-travel-books?utm_source=twitterfeed&utm_medium=twitter

Encompassing poetry, quantum physics and sexual fantasy, the author of How to Live Safely in a Science Fictional Universe selects his favourite reading about 'the fundamental weirdness of moving around in time'

Horologist at work inside Manchester Town Hall's clockface

Time travel ... A horologist at work inside Manchester Town Hall's clockface. Photograph: Dave Thompson/AP

Charles Yu is a director at Digital Domain, the Oscar-winning visual effects and animation company set up by James Cameron to create state-of-the-art digital imagery for feature films. His award-winning fiction has been published in magazines and literary journals, and he was named by The Daily Beast as a "writer to watch". His debut novel, How to Live Safely in a Science Fictional Universe, tells the story of a time traveller in search of the truth about his father.


"There are two kinds of stories: those that are explicitly about time travel, and those in which the time travel is hidden. Unless a narrative is supposed to represent a single, unbroken, continuous stretch of duration in the timeline of the actions portrayed (in which case it's probably either a court transcript or pornography), there is always, in any story, some element of compression, dilation, distortion or deformation of time – which is a long-winded way of saying there are a lot of time travel stories, and choosing just 10, regardless of criteria, was very hard. I haven't included, for instance, many of the best-known time travel books (The Time Machine by HG Wells, The Man Who Folded Himself by David Gerrold, The Time Traveler's Wife by Audrey Niffenegger, to name a few), because (i) everyone already knows about them, and/or (ii) they are already beloved, and deservedly so.

"Instead, I've come up with a much more idiosyncratic list. I've also cheated. This isn't a list of 10 novels. I've got five novels, one book of lectures on literary theory, two short stories, and one seminal scientific paper. If they have anything in common, it's that many of them are probably not thought of primarily as writings about time travel, even though they are all essentially about the fundamental weirdness of moving around in time."

1. Slaughterhouse-Five, or The Children's Crusade: A Duty-Dance with Death by Kurt Vonnegut, Jr

Vonnegut's classic about a protagonist who comes "unstuck in time" is a four-dimensional cross-section (a novel) of a four-dimensional object (a life). A discontinuous, non-chronological examination of Billy Pilgrim's temporal existence, especially his time in the war and the fire-bombing of Dresden. Plus, Trafalmadorians. As Professor Jack Gladney says, in Don DeLillo's White Noise, "All plots tend to move deathward." The truth of this statement is never more clear than in a time travel narrative, and particularly in Slaughterhouse-Five. Even though we are rarely moving in a straight, forward direction in time through this book, we are always, in every story, inevitably moving toward The End.

2. "The Garden of Forking Paths" by Jorge Luis Borges

"Almost instantly, I understood: 'the garden of forking paths' was the chaotic novel; the phrase 'the various futures (not to all)' suggested to me the forking in time, not in space."

In the space of just a few pages, Borges manages to evoke an idea that might take other writers whole novels to explore: the idea of a narrative as a temporal labyrinth, a set of parallel, counterfactual universes. The brevity only adds to the mystery. We are given a glimpse of one momentarily illuminated portion of a single, ephemeral footpath in a far-flung region of the garden, but in that fleeting interval, we also can sense the scale of the branching structure, infinite in all directions.

3. Einstein's Dreams by Alan Lightman

These are poems made of physics, or maybe physics made of poem. Professor Lightman, a physicist and a literature professor at MIT, creates a kind of rigorous dream, one in which equations (or even perhaps the minutes themselves) seem to hang in the air, or are embedded into the gauzy fabric of the Swiss town in which the young Einstein is dreaming. A town that, despite the fact that it seems to be filled with clocks, is permeated by a haunting stillness, a metaphysical, eternal quality, as if we are inside a word problem as illustrated by de Chirico.

4. The Fermata by Nicholson Baker

Arno Strine can stop time at will (more or less; the exact mechanism that allows him to do so changes over the course of his life). He uses his ability as follows: he finds a woman who is sexually desirable to him, stops time, undresses her, writes down his thoughts about her anatomy, re-clothes her, then re-starts time. It's not as creepy and invasive as it sounds (although maybe it is), because it seems to be an extended metaphor and meditation on fantasy, masturbation, thinking and writing. But here's where the time travel comes in. When Strine has stopped time in the diegesis of the novel, but is still narrating his thoughts to you, as the reader, something very weird is going on. The narration of the story is taking place outside of time for everyone in the world of the book except for Strine, but it is, of course, still taking place in time for the reader in the physical world. In other words, it's not just slowed-down time in the story; for large chunks of the book, no time is passing inside the book, meanwhile, plenty of time is passing for you outside. In other other words, this book is a time machine.

5. The Fabric of Reality by David Deutsch

It's hard for me to express how much I love this book. Deutsch weaves together concepts from the theory of computation, quantum mechanics and Karl Popper's epistemology to make something entirely new. I doubt I understand more than 8% of the book. I've read it three times and I'm starting to think Deutsch is actually trying to tell me that I'm in the Matrix. I'll keep reading it until I can't read anymore.

6. A Wrinkle in Time by Madeleine L'Engle

I still remember the feeling of being swept away by this book in elementary school. Meg and Charles Wallace Murray, the brilliant children of world-class scientists, Drs Alex and Kate Murry, move through the cosmos via a tesseract, a fifth-dimensional folding of the space-time fabric. This universe felt more real than my own, and I desperately wanted to live in a place where kids could save their parents, where any minute now, one might be visited by an inter-dimensional being who would explain to me how much more there was to everything than I'd ever imagined.

7. "—All You Zombies—" by Robert Heinlein

The ultimate time travel short story. The absolute limit in narrative economy and efficiency. One character begets him/herself, and all the others, too. It's like a grand unified theorem of ontological paradox stories. Amazing that Mr Heinlein laid it all out in 1959.

Nota 1

8. Six Walks in the Fictional Woods by Umberto Eco

Adapted from Eco's Charles Eliot Norton Lectures at Harvard University in 1993. It might seem like I'm veering off the path here a little, but I promise this is time travel-related, especially if you read chapter three, "Lingering in the Woods", in which Eco lays out his explanation of the concepts of "story time", "reading time" and "discourse time", and explains how a text is a "lazy machine" that sometimes wants to linger and slow itself down.

9. "An example of a new type of cosmological solution of Einstein's field equations of gravitation" by Kurt Gödel (Rev. Mod. Phys. 21: 447–450.)

OK, now I'm really cheating, but please bear with me. Albert Einstein once told a colleague that he joined the Institute for Advanced Study in Princeton, New Jersey, chiefly for the purpose of walking home with Kurt Gödel. Somehow, out of those leisurely strolls through campus, the two got to talking, and then one day, Gödel says to Einstein, "Hey, guess what, I've got a solution to Einstein's field equations for gravitation that involves a rotating universe where time travel is possible". Now, granted, Gödel probably didn't call them "Einstein's field equations", since he was talking to Einstein – he probably called them "your equations", and he probably didn't drop it so casually in conversation: more likely he gave him some calculations on a piece of paper. Regardless, the point is that Kurt Gödel actually discovered mathematical solutions to Einstein's equations that would allow for a form of time travel in a universe that was governed by general relativity. Not this universe, a hypothetical yet theoretically possible one. But still: whoa!

10. The Restaurant at the End of the Universe by Douglas Adams

Who can forget the Future Semiconditionally Modified Subinverted Plagal Past Subjunctive Intentional tense? This book is my own Total Perspective Vortex on writing. Always something to go back to, in order to feel small, and to laugh, and to remember that whatever I think I might do in the future, Mr Adams probably already did it in the past. And did it funnier.

Notas

1.

 

The Top 10 Time-Travel Books

By Dave Astor

De: https://www.huffingtonpost.com/dave-astor/time-travel-books-top-10_b_905608.html

Among the guiltiest pleasures of reading are time-travel novels. These books can be hokey and hard to believe, but they sure are fun. Who hasn’t put themselves in a century-hopping character’s place and wished they too could leap backward or forward through time?

I’ve compiled a top-10 list in this genre, ranking the books in descending order from 10th best to “best best.” They’re not necessarily the greatest time-travel novels ever, but they happen to be the favorites of the ones I’ve read. If you think some of my picks should be in a different order or booted off the list, or if you want to name other titles worthy of the temporal-tome elite, I’m listening!

10. “Time After Time” (1979) by Karl Alexander. Jack the Ripper swipes H.G. Wells’ time machine to escape into the future, and Wells races after him. Sort of like NASCAR, minus the sponsors.

9. “The Time Traveler’s Wife” (2003) by Audrey Niffenegger. How a woman is affected by her husband moving around time. At least his disappearances didn’t involve long hours in sports bars.

8. “The House on the Strand” (1969) by Daphne du Maurier. A spooky book about a man who takes a drug that enables him to see 14th-century events that occurred in the area where he’s now living. There goes the neighborhood...

7. “Looking Backward” (1888) by Edward Bellamy. The utopian novel that speculated on what life would be like in the U.S. (specifically, Boston) in the year 2000. It even predicted things like credit cards — putting enthralled readers in Bellamy’s debt.

6. “The Mirror” (1978) by Marlys Millhiser. A granddaughter and grandmother involuntarily switch bodies and time periods (1978 and 1900), upsetting genealogists everywhere.

5. “Harry Potter and the Prisoner of Azkaban” (1999) by J.K. Rowling. Not a time-travel book per se, but the temporal-shift scene near the end of the novel is wonderful — as is the premise of how the whip-smart Hermione Granger is able to take classes simultaneously. “A Christmas Carol” (1843) by Charles Dickens is another superb book containing some time travel — but not to 2009, when Scrooge would have been an early Tea Party favorite.

4. “The Time Machine” (1895) by H.G. Wells. The book that coined the term “time machine” tells the gripping story of a man traveling way into the future. He didn’t stop in 2011 to get gas — too expensive.

3. “Time and Again” (1970) by Jack Finney. This novel puts a 20th-century man (Simon Morley) into 1882 New York City, and also offers a mystery and love story. The descriptions and photos of old NYC are fabulous, and there’s a priceless scene in which Simon’s 19th-century love Julia watches TV and wears modern clothes during a visit to 1970. Shockingly, Finney doesn’t have Julia celebrate the 20th anniversary of “Beetle Bailey.”

2. “If I Never Get Back” (1990) by Darryl Brock. You might have to love baseball to truly love this novel, but Brock’s thrilling book (like Finney’s) also has a mystery and love story. The 20th-century Sam Fowler ends up on the 1869 Cincinnati Red Stockings, and even becomes pals with Mark Twain. But Fowler doesn’t paint the outfield fence for Tom Sawyer.

And, speaking of that Samuel Clemens guy...

1. “A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court” (1889) by Mark Twain. This novel sends Hank Morgan back to a Camelot that’s not very Camelot-like. Great predicting-an-eclipse scene, laugh out-loud humor and blistering satire of hyper-militarism. The only thing Twain doesn’t throw into the mix is a preview of “Monty Python and the Holy Grail.”

So there you have it, blog readers from the present, past and future.