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miércoles, 19 de diciembre de 2018

Cuento sobre el amor

“Dice un cuento israelita que un joven fue a visitar a un sabio consejero y le contó sobre las dudas que tenía acerca de sus sentimientos por su familia. El sabio lo escuchó, lo miró a los ojos y le dijo sólo una cosa:
- Ámala.
Y luego se calló.
El muchacho dijo:
- Pero, todavía tengo dudas ...
- Ámala, le dijo de nuevo el sabio.
Y, ante el desconsuelo del joven, después de un breve silencio, le dijo lo siguiente:
- Hijo: AMAR ES UNA DECISIÓN NO UN SENTIMIENTO.
Amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo y el fruto de esa acción es el amor.

El amor es un ejercicio de jardinería.
Arranque lo que hace mal, prepare el terreno, siembre, sea paciente, riegue y cuide.
Esté preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias, pero no por eso abandone su jardín.

Amar... es decir, aceptar, valorizar, respetar, dar afecto, comprender al otro.
Simplemente, hay que AMAR a su compañero.
¿Sabes por qué?
Porque la inteligencia, sin amor, te hace perverso.
La justicia, sin amor, te hace implacable.
La diplomacia, sin amor, te hace hipócrita.
El éxito, sin amor, te hace arrogante.
La riqueza, sin amor, te hace avaricioso.
La docilidad, sin amor, te hace servil.
La belleza, sin amor, te hace ridículo.
La autoridad, sin amor, te hace tirano.
El trabajo, sin amor, te hace esclavo...``
*Y LA VIDA SIN AMOR,
NO TIENE SENTIDO.*

domingo, 17 de diciembre de 2017

Eduardo Galeano - MUJERES


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El amor

En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.
-- Te han cortado?-- preguntó el hombre.
-- No -- dijo ella --. Siempre he sido así.
El la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta.
Dijo:
-- No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Echate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:
-- No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
-- Lo encontré! Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
-- Es así -- dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.


El miedo

Esos cuerpos nunca vistos los llamaban, pero los hombres nivakle no se atrevían a entrar. Habían visto comer a las mujeres: ellas tragaban la carne de los peces con la boca de arriba, pero antes la mascaban con la boca de abajo. Entre las piernas, tenían dientes.
Entonces los hombres encendieron hogueras, llamaron a la música y cantaron y danzaron para las mujeres.
Ellas se sentaron alrededor, con las piernas cruzadas.
Los hombres bailaron durante toda la noche. Ondularon, giraron y volaron como el humo y los pájaros.
Cuando llegó el amanecer, cayeron desvanecidos. Las mujeres los alzaron suavemente y les dieron agua de beber.
Donde ellas habían estado sentadas, quedó la tierra toda regada de dientes.


Las hormigas

Tracey Hill era una niña de un pueblo de Connecticut, y practicaba entretenimientos propios de su edad, como cualquier otro tierno angelito de Dios en el estado de Connecticut o en cualquier otro lugar de este planeta.
Un día, junto a sus compañeritos de la escuela, Tracey se puso a echar fósforos encendidos en un hormiguero. Todos disfrutaron mucho de este sano esparcimiento infantil; pero a Tracey la impresionó algo que los demás no vieron, o hicieron como que no veían, pero que a ella la paralizó y le dejó, para siempre, una señal en la memoria: ante el fuego, ante el peligro, las hormigas se separaban en parejas, y de a dos, bien juntas, bien pegaditas, esperaban la muerte.


La noche/1

Arránqueme, señora, las ropas.
Desnúdeme.
Arránqueme, señora, las dudas.
Desdúdeme.
Arránqueme, señora, las ropas y las dudas.
Desnúdeme. Desdúdeme.


La noche/2

Ellos son dos por error que la noche corrige.


La noche/3

Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.


La cultura del terror

A Ramona Caraballo la regalaron no bien supo caminar.
    Allá por 1850, siendo una niña todavía, ella estaba de esclavita en una casa en Montevideo. Hacía todo, a cambio de nada.
    Un día llegó la abuela a visitarla. Ramona no la conocía, o no recordaba. La abuela llegó desde el campo, muy apurada porque tenía que volverse en seguida al pueblo. Entró, pegó tremenda paliza a su nieta.
    Ramona quedó llorando y sangrando.
    La abuela le había dicho, mientras alzaaba el rebenque:
    - No te pego por lo que hiciste. Te pego por lo que vas a hacer


1618, Lima: Mundo poco

El amo de Fabiana Criolla ha muerto. En su testamento, le ha rebajado el precio de la libertad, de doscientos a ciento cincuenta pesos.
    Fabiana ha pasado toda la noche sin dormir, preguntándose cuánto valdrá su caja de palosanto llena de canela en polvo. Ella no sabe sumar, de modo que no puede calcular las libertades que ha comprado, con su trabajo, a lo largo del medio siglo que lleva en el mundo, ni el precio de los hijos que le han hecho y le han arrancado.
    No bien despunta el alba, acude el pájaro a golpear la ventana con el pico. Cada día, el mismo pájaro avisa que es hora de despertarse y andar.
    Fabiana bosteza, se sienta en la estera y se mira los pies gastaditos.


1667, Ciudad de México: Juana a los dieciséis

En los navíos, la campana señala los cuartos de la vela marinera. En los socavones y en los cañaverales, empuja al trabajo a los siervos indios y a los esclavos negros. En las iglesias da las horas y anuncia misas, muertes y fiestas.
    Pero en la torre del reloj, sobre el palacio del virrey de México, hay una campana muda. Según se dice, los inquisidores la descolgaron del campanario de una vieja aldea española, le arrancaron el badajo y la desterraron a las Indias, hace no se sabe cuántos años. Desde que el maestre Rodrigo la creó en 1530, esta campana había sido siempre clara y obediente. Tenía, dicen, trescientas voces, según el toque que dictara el campanero, y todo el pueblo estaba orgulloso de ella. Hasta que una noche su largo y violento repique hizo saltar a todo el mundo de las camas. Tocaba a rebato la campana, desatada por la alarma o la alegría o quién sabe qué, y por primera vez nadie la entendió. Un gentío se juntó en el atrio mientras la campana sonaba sin cesar, enloquecida, y el alcade y el cura subieron a la torre y comprobaron, helados de espanto, que allí no había nadie. Ninguna mano humana la movía. Las autoridades acudieron a la Inquisición. El tribunal del Santo Oficio declaró nulo y sin valor alguno el repique de la campana, que fue enmudecida por siempre jamás y expulsada al exilio en México.
    Juana Inés de Asbaje abandona el palacio de su protector, el virrey Mancera, y atraviesa la plaza mayor seguida por dos indios que cargan sus baúles. Al llegar a la esquina, se detiene y vuelve la mirada hacia la torre, como llamada por la campana sin voz. Ella le conoce la historia. Sabe que fue castigada por cantar por su cuenta.
    Juana marcha rumbo al convento de Santa Teresa la Antigua. Ya no será dama de corte. En la serena luz del claustro y la soledad de la celda, buscará lo que no puede encontrar afuera. Hubiera querido estudiar en la universidad los misterios del mundo, pero nacen las mujeres condenadas al bastidor de bordar y al marido que les eligen. Juana Inés de Asbaje se hará carmelita descalza, se llamará sor Juana Inés de la Cruz.


1983, Lima: Tamara vuela dos veces

Tamara Arze, que desapareció al año y medio de edad, no fue a parar a manos militares. Está en un pueblo suburbano, en casa de la buena gente que la recogió cuando quedó tirada por ahí. A pedido de la madre, las Abuelas de Plaza de Mayo emprendieron la búsqueda. Contaban con pocas pistas. Al cabo de un largo y complicado rastreo, la han encontrado. Cada mañana, Tamara vende querosén en un carro tirado por un caballo, pero no se queja de su suerte; y al principio no quiere ni oír hablar de su madre verdadera. Muy de a poco las abuelas le van explicando que ella es hija de Rosa, una obrera boliviana que jamás la abandonó. Que una noche su madre fue capturada a la salida de la fábrica, en Buenos Aires...
    Rosa fue torturada, bajo control de un médico que mandaba parar, y violada, y fusilada con balas de fogueo. Pasó ocho años presa, sin proceso ni explicaciones, hasta que el año pasado la expulsaron de la Argentina. Ahora, en el aeropuerto de Lima, espera. Por encima de los Andes, su hija Tamara viene volando hacia ella.
    Tamara viaja acompañada por dos abuelas que la encontraron. Devora todo lo que le sirven en el avión, sin dejar una miga de pan ni un grano de azúcar.
    En Lima, Rosa y Tamara se descubren. Se miran al espejo, juntas, y son idénticas: los mismos ojos, la misma boca, los mismos lunares en los mismos lugares.
    Cuando llega la noche, Rosa baña a su hija. Al acostarla, le siente un olor lechoso, dulzón; y vuelve a bañarla. Y otra vez. Y por más jabón que le mete, no hay manera de quitarle ese olor. Es un olor raro... Y de pronto, Rosa recuerda. Éste es el olor de los bebitos cuando acaban de mamar: Tamara tiene diez años y esta noche huele a recién nacida.


Ventana sobre una mujer/1

Esa mujer es una casa secreta.
    En sus rincones, guarda voces y esconde fantasmas.
    En las noches de invierno, humea.
    Quien en ella entra, dicen, nunca más sale.
    Yo atravieso el hondo foso que la rodea. En esa casa seré habitado. En ella me espera el vino que me beberá. Muy suavemente golpeo la puerta, y espero.

viernes, 13 de febrero de 2015

Romance vs. matrimonio

Oscar Wilde (marido desdichado) tiene varias denuncias al respecto, como "El único amor consecuente, fiel, comprensivo, que nunca nos defrauda, y que nos acompaña hasta la muerte es el amor propio" y "Uno debería estar siempre enamorado, por eso jamás deberíamos casarnos".

La sabiduría popular polaca: "La mujer llora antes del matrimonio, el hombre después".

Gabriel García Márquez: "El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno".

La sensata Agatha Christie, con un consejo que ella misma siguió: "Cásate con un arqueólogo. Cuanto más vieja te hagas, más encantadora te encontrará".

El amenazado - Jorge Luis Borges

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado,
pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes:
el ejercicio de las letras,
la vaga erudición
el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte
para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad,
las galería de las bibliotecas
las cosas comunes,
los hábitos
el joven amor de mi madre,
la sombra militar de mis muertos,
la noche intemporal,
el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo,
es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente,
ya el hombre se levanta a la voz del ave,
ya se han oscurecido los que miran por la ventana,
pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor:
la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria
el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías,
con su pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos que cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

domingo, 2 de marzo de 2014

Epigramas - Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925)

 

Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti,
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

sábado, 25 de mayo de 2013

de Juana de Ibarbourou

"No codicies mi boca. Mi boca es de ceniza
Y es un hueco sonido de campanas mi risa./
No me oprimas las manos. Son de polvo mis manos.
Y al estrecharlas tocas comida de gusanos./
No trences en mis cabellos. Mis cabellos son tierra.
Con la que han de nutrirse las plantas de la sierrra./
No acaricies mis senos. Son de greda, los senos
Que te empeñas en ver como lirios morenos./
¿Y aún me quieres, amado? ¿Y aún mi cuerpo pretendes
Y, largas de deseo, las manos a mí tiendes?/
¿Aún codicias, amado, la carne mentirosa
Que es ceniza y se cubre de apariencias de rosa?/
Bien, tómame. ¡Oh lacería!
¡Polvo que busca el polvo sin sentir su miseria!

viernes, 25 de enero de 2013

Amor a primera vista



Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

De "Fin y principio" 1993 
Versión de Abel A. Murcia

viernes, 18 de enero de 2013

Amar a una mujer

Te amo con el cuerpo y con el alma, de manera correcta e incorrecta, de todas las maneras que una mujer puede ser amada.

George Bernard Shaw

domingo, 11 de noviembre de 2012

Por qué te amo


‎"No sólo te amo por lo que eres, sino por lo que soy yo cuando estoy contigo".

Anónimo.

martes, 20 de diciembre de 2011

Soy tu

[Soy tu – Sergio Sinay 18 de diciembre 2011 – LNR http://www.lanacion.com.ar/1433369-soy-tu]

El planeta está habitado desde hace pocas semanas por 7 mil millones de personas. No hay dos iguales, no las hubo jamás. Todo vínculo se construye entre seres diferentes. Al ser cada uno único y singular se convierte para el otro en un misterio. Cuando lo advertimos, nos conmueve la experiencia de la diversidad y nos asombran los puentes a través de los cuales accedemos al otro y él a nosotros. El orientalista español Ramiro Calle recoge en Los mejores cuentos espirituales de Oriente la historia de un discípulo que inútilmente golpeaba noche a noche a la puerta del yogui que era su maestro. "¿Quién es? -preguntaba éste-, soy yo -era la respuesta- vete, no estás preparado, regresa en un año, luego de retirarte y meditar. Tras un año recluido en un bosque, solo y dedicado a una profunda introspección, el discípulo regresó y golpeó a la puerta- ¿quién es? -preguntó la voz del maestro- soy tú. La respuesta esta vez fue- entra, estás preparado, no había espacio para dos yoes." En efecto, donde hay un yo, es imprescindible un tú. Uno es condición de la existencia del otro.

Soy tú es bastante más que una frase. Quien la pronuncia puede reír con la alegría del otro sin envidia ni reparos, haciéndola propia. Y puede sentir el dolor en su propia carne cuando el otro sufre. No es necesario alcanzar la santidad para experimentar esto. Es cuestión de entrenar la capacidad de mirar más allá de nuestro ombligo, hacia ese horizonte en el que empiezan a aparecer los otros y a ser nuestros interlocutores, acompañantes, guías, confidentes. Al tener registro de ellos aumenta la posibilidad de entender qué y cómo sienten y advertir, como consecuencia, qué sabemos de esos sentimientos y sensaciones porque los hemos experimentado. Esto elimina la indiferencia y se llama empatía. El término fue instalado en la psicología por Heinz Kohut (1913-1981), psicoanalista austríaco que realizó profundos estudios del fenómeno opuesto a la empatía: el narcisismo. Para el narcisista nada cabe en su horizonte más que él mismo y su propia imagen, que ve reflejada en todo hasta que, absorbido por ella, sucumbe. Los narcisistas nos rodean y algunos son personajes prominentes de la política, la farándula, el deporte. Se los reconoce fácilmente.

Podemos conocernos olvidando al otro, prescindiendo de él, salteándolo. O podemos conocerlo para conocernos, o conocernos para conocerlo, hasta que nos duela lo que le duele. Es un proceso alquímico en el que descubrimos que cada persona es una manifestación única e irrepetible de la misma materia prima. Lo humano. Que el otro sea diferente pero no ajeno es un misterio. Nos necesitamos mutuamente para existir. Reconocer al otro y a esta necesidad es la piedra basal de la moral. Ella remite a los deberes que tenemos hacia el otro. De ahí el anhelo de saber más de él.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Asomaba a sus ojos una lágrima...–Rima XXX - Gustavo Adolfo Bécquer

 

Asomaba a sus ojos una lágrima,
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá: ¿por qué no lloré yo?

Con el perdón de Gustavo Adolfo...

 

En medio
del temporal de lágrimas
(las suyas y las mías)
ninguno pudo articular
palabras.
Y casi agotados
por el dolor que
caminaba de puntillas
por los terraplenes del alma,
no tuvimos el valor
de perdonarnos;
ella por mal querida, quizás;
y yo, por soberbio, tal vez.


Fernando Giucich © 2011