https://www.lanacion.com.ar/710967-el-feminismo-es-una-ingenuidad-total
https://www.youtube.com/watch?v=Oaf7oPoxJV8
https://www.youtube.com/watch?v=NfYQeidG02M
http://www.chasque.net/frontpage/relacion/anteriores/9704/patylinn.htm
De: http://www.elmundo.es/opinion/2018/02/12/5a80aa4746163f61168b4622.html
JORDAN B. PETERSON
EFE
Lo llaman "el intelectual más odiado por la izquierda", pero es mucho más que eso. Este psicólogo clínico canadiense se ha convertido en una figura de culto entre los 'millennials', sobre todo masculinos. Su reciente libro, 'Doce reglas para la vida', es un tratado de la responsabilidad frente a la cultura del victimismo. Y Jordan B. Peterson arrasa en ventas.
La ola de acusaciones que desencadenó el caso Harvey Weinstein -acosador de actrices en Hollywood- generó una previsible reacción, fruto del abismo que separa a la cultura wasp (blanca, anglosajona y protestante) de la latina -en particular francesa- en materia de moral sexual.
cpeiro@infobae.com
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Desde Francia, la actriz Catherine Deneuve encabezó una reacción contra la campaña de delación y juicio público contra los varones
La escritora Catherine Millet, la actriz Catherine Deneuve y otras cien mujeres publicaron un manifiesto en Le Monde denunciando una campaña de delación y de acusaciones públicas de varones que, sin posibilidad de responder ni defenderse, fueron tildados de agresores sexuales. El texto está motivado por el sentimiento de que campañas como el #MeToo –cuya versión francesa fue #Balancetonporc ("denuncia a tu puerco") por poco asimilan situaciones de seducción "torpes" o "desubicadas" con la violación. Y hasta reivindican lo que llaman "libertad de importunar" que nunca puede ser considerado agresión sexual.
También advierten sobre el riesgo "de ir demasiado lejos", de no "poder decir más nada" o de no "poder más draguer" (seducir).
LEA MÁS: El manifiesto completo de las intelectuales francesas contra el #MeToo
"Sólo Francia podía tomárselas con #MeToo", festejó el diario alemán Die Welt. "Es un grito de cólera que denuncia 'un clima totalitario' en materia de sexualidad que probablemente sólo podía venir de Francia, cuna del libertinaje".
En Francia, los asuntos de cama gozan de gran indulgencia
Es verdad que en ese país, los asuntos de cama gozan de gran indulgencia. Un escándalo como el que casi destituye a Bill Clinton de la presidencia de Estados Unidos –su affaire con la pasante Mónica Lewinsky- jamás hubiera tenido lugar en Francia, donde para un político exhibirse con un Porsche es más condenable que hacerlo con una amante.
A diferencia de la prensa y la opinión pública estadounidenses, que se horrorizan ante los escándalos de orden sexual y crucifican al ofensor [recordemos a Hugh Grantprontuariado como un delincuente por solicitar los favores de una prostituta o a Tigger Woods que por mujeriego casi ve terminada su carrera deportiva], los franceses se inclinan por la tolerancia ante los pecados de la carne. Para la mayoría de los analistas e incluso de los dirigentes de ese país, su compatriota Dominique Strauss-Kahn, ex director del FMI, arrestado en un hotel de Nueva York en 2011 por supuesto intento de violación, había sido en realidad víctima de una trampa montada en conocimiento de su "debilidad" hacia las mujeres. Y estas opiniones fueron formuladas indistintamente por dirigentes de ambos sexos. No se trató de una solidaridad masculina con el donjuanismo de un varón.
En aquel momento, la prensa francesa llegó a decir que no había "peor lugar" para ser acusado de un delito de índole sexual que los Estados Unidos, aludiendo a la tendencia anglosajona a considerar más graves los pecados de la carne que los del espíritu.
Para la policía del puritanismo todo intento de seducción un poco pesado es asimilable a un crimen (Die Welt)
Ahora, a raíz del pronunciamiento de Deneuve y cía., Die Welt comenta: "En un país cuya cultura y literatura se caracterizan desde hace siglos por el libertinaje, la galantería y la libertad sexual, y que ha producido autores como el Marqués de Sade o el filósofo Michel Foucault, la policía del puritanismo –para la que todo intento de seducción un poco pesado es asimilable a un crimen- no podía actuar mucho tiempo sin suscitar resistencia".
En los Estados Unidos, es más fácil derribar una reputación política con un asunto de cama que con uno de corrupción. Pensemos si no en la protección de que goza por ejemplo el ex vicepresidente Dick Cheney, que fomentó una guerra en Irak –basada en la existencia nunca confirmada de armas químicas- cuya logística fue provista por una empresa en la cual tenía intereses…
A la inversa, en Francia, François Fillon fue sacado de la carrera presidencial por haberle pagado durante años a su esposa un sueldo desde el Senado donde ella nunca puso los pies.
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El ex director del FMI, el francés Dominique Strauss-Kahn, en Nueva York, en 2011 (Photo by Mario Tama/Getty Images)
Strauss-Kahn fue absuelto y su caso no es asimilable al de Harvey Weinstein. Una violación es algo muy diferente a la afición al sexo. Incluso al gusto por ciertas prácticas "fuertes", siempre que sean consentidas y entre adultos. Pero los primeros –o primeras- que banalizan la violación son precisamente quienes engloban en la palabra "abuso" o "acoso", situaciones que van desde un galanteo insistente –incluso grosero- hasta la agresión carnal, equiparándolo todo.
Pocas cosas son más deleznables que el aprovechamiento de una situación de poder para obtener favores sexuales
Pocas cosas son más deleznables que el aprovechamiento de una situación de poder para obtener favores sexuales. Es repugnante, injusto y miserable. Como lo es la complicidad de que gozó durante años. Directamente proporcional a la sobreactuación del repudio ahora que todo salió a la luz.
Pero la reacción de Millet, Deneuve y las otras cien no es en defensa de estas conductas –como pretenden sus críticas- sino un rechazo al feminismo puritano. En Estados Unidos, dicen algunos, cortejar se ha vuelto inadmisible.
No están exagerando. El pasado 27 de noviembre, el sitio QUARTZ publicó una columna con el título: "¿Qué puede todavía un hombre decirle a una mujer en el trabajo?" Y no era una ironía sobre la histérica paranoia causada por el caso Weinstein. No, el artículo que firma Corinne Purtill plantea la necesidad de "revisar las reglas de comunicación entre colegas" porque "ya nadie puede ignorar los repugnantes defectos del sistema actual". "Es como si, privados de los medios de abusar de colegas, están ahora cortos de conversación", plantea Purtill, quien directamente sostiene que en el ámbito laboral no hay vínculo varón-mujer que no sea de abuso.
“Entre los 20 y los 30 años las mujeres viven bajo un régimen casi permanente de cosificación e intrusión en su vida privada”, dice una vocera del neofeminismo
Todas las mujeres, dice, "tenemos los armarios llenos de experiencias vergonzantes o traumatizantes". Y explica: "Los diez primeros años de la vida profesional de una mujer no son más que una larga sucesión de gestos y frases fuera de lugar: comentarios sobre sus piernas en un almuerzo de negocios, el brazo de un jefe que permanece más de la cuenta sobre sus hombros, sin olvidar las innumerables preguntas y especulaciones sobre su vida privada. Las mujeres son acosadas a toda edad y en todo período de su vida, pero entre los 20 y los 30 años viven bajo un régimen casi permanente de cosificación e intrusión en su vida privada".
Sólo queda la segregación sexual…
Me harta que se trate a las mujeres como eternas víctimas, pobrecitas dominadas por falócratas (Sophie Durocher)
En cambio, desde el Québec, el Canadá francófono, la periodista Sophie Durocher se solidarizó con el Manifiesto y redactó su propio #MeToo: "A mí también me harta que se trate a las mujeres como eternas víctimas, pobrecitas bajo el dominio de demonios falócratas. A mí también me cansa que se demonice el deseo masculino. A mí tampoco me representa este feminismo que percibe a todos los hombres como potenciales agresores", etcétera.
Sin sorpresas, en Italia buena parte de la prensa apoyó abiertamente a las francesas. Giuliano Ferrara, fundador del diario Il Foglio, ironizó: "Francia es la nueva vanguardia del mundo libre".
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Muchos medios europeos festejaron la iniciativa anti-puritana de Catherine Deneuve y demás artistas e intelectuales francesas
Para Maristella Carbonin, periodista de Quotidiano, la toma de posición de Deneuve y las otras cien "es el primer acto verdadero de feminismo desde el estallido del casoWeinstein". "Recobremos la inteligencia, el sentido común, implora Deneuve, cuestionando la 'campaña de delación'. Y tiene razón. Todas sabemos reconocer la frontera entre la violación y un torpe intento de seducción", agregó.
Ejemplo de esta pérdida de sentido común fue el reciente estreno de una versión políticamente correcta de la ópera Carmen por un director teatral que modificó el final porque "no se puede aplaudir el asesinato de una mujer"… La puesta fue merecidamente abucheada por el público.
"Ciertamente –escribe Carbonin- acariciar la rodilla no es la mejor forma de abordarnos; (…) pero bueno, siempre nos queda la vieja réplica habitual: la cachetada. Que podemos propinar con clase. Esa clase que no tuvo el señor en cuestión".
#MeToo no es una caza de brujas, le replicaron a Deneuve
Desde el Reino Unido, confirmando de qué lado de esta grieta están los anglosajones, The Guardian publica la columna de una escritora australiana, Van Badham, que le "explica" a Deneuve que #MeToo "no es una caza de brujas" y le asegura que también ellas saben distinguir la violación de una seducción fuera de lugar. "Yo y todas las otras mujeres que corrimos el velo sobre los daños y la vergüenza que nos han infligido individuos predadores, también somos lo suficientemente clarividentes como para notar la diferencia. Es por eso que estamos enojadas. No es el 'puritanismo' (lo) que nos guía, sino precisamente la voluntad de establecer contactos sexuales controlados, fuente de alegría y no de abuso y de explotación".
Hay algo llamativo: ¿por qué una mujer a la que un hombre le dice groserías debe sentir "vergüenza"? La vergüenza debe ser para el ofensor, no para la ofendida. ¿No equivale eso en el fondo al viejo prejuicio –afortunadamente superado en Occidente- de que una mujer violada es una mujer mancillada, impura? En todo caso, el sentimiento debe ser de enojo, de indignación, pero nunca de vergüenza.
A esta altura, conviene aclarar que la fiebre denunciante también ha llegado a Francia. Para que quede claro de dónde vino el virus, el puntapié inicial lo dio una periodista francesa instalada en Estados Unidos, Sandra Muller, inventora del hashtag #Balancetonporc, y que denunció –vía Twitter- una situación que en el pasado le provocó "vergüenza, negación, deseo de olvidar" e incluso una "ausencia espacio-temporal" que le impidió "verbalizar" el hecho durante años. El hecho fue así: su "puerco", Eric Brion, ex director de un canal de televisión, le dijo en una ocasión: "Tienes grandes pechos, eres mi tipo de mujer, te voy a hacer gozar toda la noche". Eso fue todo. El hombre ya fue debidamente despedido.
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Sandra Muller, promotora de la versión francesa del #MeToo (#Balancetonporc)
Este es el tipo de cosas que desencadenó la reacción de mujeres que, en su mayoría, fueron feministas y protagonistas de la revolución sexual de los 60 y 70, pero que no se reconocen en un neofeminismo que en todo ve patriarcado y al patriarcado atribuye la totalidad de los males de la sociedad.
Elizabeth Lévy, jefa de redacción de la revista Causeur, y una de las firmantes del texto de Millet y Deneuve, considera que estos juicios virtuales, en los que la acusación equivale a condena, son la definición misma del totalitarismo. Algunas organizaciones feministas han llegado a pedir a los legisladores franceses que en los juicios por acoso sexual se invierta la carga de la prueba…
Sobre Sandra Muller, su denuncia y su "trauma", Lévy afirma que no puede contener la risa. "Esta es la heroína que nos proponen: una chica tan ignorante de las cosas del sexo y del deseo de los hombres, que flaquea cuando uno de ellos le habla de sus senos y necesita años para recuperarse…"
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Elisabeth Lévy, otra de las firmantes del manifiesto de Millet y Deneuve
En otro artículo, la abogada penalista Florence Rault expone algunas de las absurdas teorías de lo que llama "feminismo andrófobo", que presenta "al patriarcado" como "una maldición universal que estructura y organiza todas las sociedades humanas". Estas extremistas, dice, olvidan que "desde el punto de vista del estatus de la mujer, nuestras sociedades occidentales no son las más desfavorecidas (y) nos dicen, (que las mujeres) son víctimas 'desde la noche de los tiempos' de un verdadero complot que busca mantenerlas bajo el yugo".
Este mismo progresismo bienpensante, mientras describe a Occidente como un infierno machista, se niega –en nombre del respeto a la diversidad cultural y en especial para no ofender a otras religiones- a condenar a países en los cuales se le niega a la mujer derechos elementales de los que hace tiempo goza en la civilización occidental judeocristiana. Podemos mencionar el caso de la India, de Arabia Saudita e incluso de China, entre muchos más.
Una nueva antropología feminista sostiene que las mujeres son más pequeñas, porque desde la noche de los tiempos los hombres han acaparado la buena comida
Pero las feministas no sólo reescriben la historia. También la prehistoria: "Acabamos de enterarnos –dice Rault- de que si las mujeres son más pequeñas que los hombres en nuestra especie, como es el caso del 90 por ciento de los mamíferos, no se debe a los mecanismos de la evolución sino al hecho de que desde 'la noche de los tiempos' los hombres han acaparado la buena comida, dejando sólo sobras a sus cónyuges". Aunque usted no lo crea…
Son estos excesos los que explican la reacción de Millet, Deneuve y las otras. De hecho, Marlène Schiappa, la actual secretaria de Estado para la Igualdad entre Hombres y Mujeres, que consideró "chocante" el manifiesto de las cien, es una de las que habla de "cultura de la violación".
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Un concepto que, para la periodista y escritora Peggy Sastre, otra firmante de la tribuna "chocante", no está para nada demostrado. "¿Acaso vivimos en una sociedad que tolera, justifica o aprueba la violación? Es al revés. No hay una mejor manera de destruirle la vida a alguien que acusarlo de violación". Para ella, la caza de "puercos" disimula mal el "odio a los hombres".
Sastre dice que "una legítima toma de conciencia de las violencias sexuales" no debería desembocar "en delaciones que pisotean el derecho de defensa". Y cita el caso de Carl Sargeant, ex ministro regional de Gales (Reino Unido) que, denunciado por acoso y forzado a renunciar, se suicidó el 7 de noviembre pasado.
Y agega: "Me sorprende que las mismas que se congratulan por la liberación de la palabra nos pidan que nos callemos. Nos dicen que nuestro punto de vista es 'indecente'…"
¡No al partido único de las mujeres! (Elisabeth Lévy)
En el mismo sentido se pronunció la citada Elisabeth Lévy, en una columna titulada "¡No al partido único de las mujeres", en la que denuncia que "la tan mentada 'liberación de la palabra de la mujer' es a condición de que todas digan lo mismo, es decir, que todas proclamen haber sido víctimas y denuncien a sus 'verdugos'".
Sastre denuncia un "feminismo policial": "este movimiento es antiliberal, en el sentido político del término: rechaza el pluralismo y la coexistencia de diferentes formas de pensar".
Las militantes de esa línea salieron al cruce del manifiesto de Catherine Deneuve y las cien, acusándolas de "banalizar la violencia sexual" y "despreciar a las víctimas" por su alegato en defensa de "la libertad de importunar".
"En Francia, diariamente, cientos de miles de mujeres son víctimas de acoso. Decenas de miles de agresiones sexuales, Y cientos de violación. Cada día", dicen.
La militante feminista Caroline De Haas, las periodistas Lauren Bastide y Giulia Foïs, Marie-Noëlle Bas, la presidente de "Perras de Guardia" (escrachadoras de machistas en las redes), y la psiquiatra Muriel Salmona, entre otras, acusaron a las autoras del manifiesto de mezclar "deliberadamente una actitud de seducción, basada en el respeto y el placer, con una de violencia"
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Las feministas de los 60 y 70 no se reconocen en las corrientes de hoy en la que ven un “feminismo andrófobo”, un “feminismo puritano” o una “policía feminista”
"Aceptar insultos hacia las mujeres, es de hecho autorizar la violencia", dicen. Y sostienen que la diferencia entre la seducción y el acoso no es de grado sino de naturaleza.
Sin medias tintas, acusan a Deneuve y compañía de ser "reincidentes en materia de defensa de pedocriminales [N. de la R: probablemente una alusión al caso Polanski] o de apología de la violación".
Llamativa fue la respuesta de una ex ministra de Derechos de la Mujer, Laurence Rossignol –digna del peor machismo-: "La angustia de ya no existir en la mirada y el deseo de los hombres (lleva) a mujeres inteligentes a escribir enormes burradas".
Hoy las jóvenes son más puritanas, más represivas y tienen una visión de la sexualidad más ingenua y a la vez más deprimente que sus mayores (Lévy)
Elisabeth Lévy (53) recoge el guante de esta ofensa: "Un estudio serio revelaría sin dudas una fractura generacional". Pero, dice, al revés de lo que suele suceder, en este caso "las jóvenes son más puritanas, más represivas y (tienen) una visión de la sexualidad más ingenua y a la vez más deprimente que sus mayores". Es inentendible que "una mujer joven vea una afrenta a su dignidad en algo que su madre, a la misma edad, hubiera tomado como un homenaje o, en el peor de los casos, una contrariedad sin importancia".
"A algunas mujeres les gusta ser seducidas de modo impetuoso, a otras, cortejadas con clase, y hay otras que detestan ser cortejadas. ¿Debemos alinearnos todas con éstas últimas? Dejando claro que la presión física es inaceptable, ¿debe ser ley el que un hombre (o una mujer, porque las acosadoras son más numerosas de lo que se dice) se detenga al primer rechazo? Con ese método, muchas obras de arte del cine o de la literatura habrían quedado truncas", advierte Lévy.
Y concluye: "Tal vez Francia, de la que nos gusta creer que resiste a la americanización de las costumbres, se esté convirtiendo en la segunda tierra de promisión de una revolución que tiene todas las características de una regresión".
El amor
En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.
-- Te han cortado?-- preguntó el hombre.
-- No -- dijo ella --. Siempre he sido así.
El la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta.
Dijo:
-- No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Echate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:
-- No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
-- Lo encontré! Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
-- Es así -- dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.
Esos cuerpos nunca vistos los llamaban, pero los hombres nivakle no se atrevían a entrar. Habían visto comer a las mujeres: ellas tragaban la carne de los peces con la boca de arriba, pero antes la mascaban con la boca de abajo. Entre las piernas, tenían dientes.
Entonces los hombres encendieron hogueras, llamaron a la música y cantaron y danzaron para las mujeres.
Ellas se sentaron alrededor, con las piernas cruzadas.
Los hombres bailaron durante toda la noche. Ondularon, giraron y volaron como el humo y los pájaros.
Cuando llegó el amanecer, cayeron desvanecidos. Las mujeres los alzaron suavemente y les dieron agua de beber.
Donde ellas habían estado sentadas, quedó la tierra toda regada de dientes.
Tracey Hill era una niña de un pueblo de Connecticut, y practicaba entretenimientos propios de su edad, como cualquier otro tierno angelito de Dios en el estado de Connecticut o en cualquier otro lugar de este planeta.
Un día, junto a sus compañeritos de la escuela, Tracey se puso a echar fósforos encendidos en un hormiguero. Todos disfrutaron mucho de este sano esparcimiento infantil; pero a Tracey la impresionó algo que los demás no vieron, o hicieron como que no veían, pero que a ella la paralizó y le dejó, para siempre, una señal en la memoria: ante el fuego, ante el peligro, las hormigas se separaban en parejas, y de a dos, bien juntas, bien pegaditas, esperaban la muerte.
Arránqueme, señora, las ropas.
Desnúdeme.
Arránqueme, señora, las dudas.
Desdúdeme.
Arránqueme, señora, las ropas y las dudas.
Desnúdeme. Desdúdeme.
Ellos son dos por error que la noche corrige.
Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.
A Ramona Caraballo la regalaron no bien supo caminar.
Allá por 1850, siendo una niña todavía, ella estaba de esclavita en una casa en Montevideo. Hacía todo, a cambio de nada.
Un día llegó la abuela a visitarla. Ramona no la conocía, o no recordaba. La abuela llegó desde el campo, muy apurada porque tenía que volverse en seguida al pueblo. Entró, pegó tremenda paliza a su nieta.
Ramona quedó llorando y sangrando.
La abuela le había dicho, mientras alzaaba el rebenque:
- No te pego por lo que hiciste. Te pego por lo que vas a hacer
El amo de Fabiana Criolla ha muerto. En su testamento, le ha rebajado el precio de la libertad, de doscientos a ciento cincuenta pesos.
Fabiana ha pasado toda la noche sin dormir, preguntándose cuánto valdrá su caja de palosanto llena de canela en polvo. Ella no sabe sumar, de modo que no puede calcular las libertades que ha comprado, con su trabajo, a lo largo del medio siglo que lleva en el mundo, ni el precio de los hijos que le han hecho y le han arrancado.
No bien despunta el alba, acude el pájaro a golpear la ventana con el pico. Cada día, el mismo pájaro avisa que es hora de despertarse y andar.
Fabiana bosteza, se sienta en la estera y se mira los pies gastaditos.
1667, Ciudad de México: Juana a los dieciséis
En los navíos, la campana señala los cuartos de la vela marinera. En los socavones y en los cañaverales, empuja al trabajo a los siervos indios y a los esclavos negros. En las iglesias da las horas y anuncia misas, muertes y fiestas.
Pero en la torre del reloj, sobre el palacio del virrey de México, hay una campana muda. Según se dice, los inquisidores la descolgaron del campanario de una vieja aldea española, le arrancaron el badajo y la desterraron a las Indias, hace no se sabe cuántos años. Desde que el maestre Rodrigo la creó en 1530, esta campana había sido siempre clara y obediente. Tenía, dicen, trescientas voces, según el toque que dictara el campanero, y todo el pueblo estaba orgulloso de ella. Hasta que una noche su largo y violento repique hizo saltar a todo el mundo de las camas. Tocaba a rebato la campana, desatada por la alarma o la alegría o quién sabe qué, y por primera vez nadie la entendió. Un gentío se juntó en el atrio mientras la campana sonaba sin cesar, enloquecida, y el alcade y el cura subieron a la torre y comprobaron, helados de espanto, que allí no había nadie. Ninguna mano humana la movía. Las autoridades acudieron a la Inquisición. El tribunal del Santo Oficio declaró nulo y sin valor alguno el repique de la campana, que fue enmudecida por siempre jamás y expulsada al exilio en México.
Juana Inés de Asbaje abandona el palacio de su protector, el virrey Mancera, y atraviesa la plaza mayor seguida por dos indios que cargan sus baúles. Al llegar a la esquina, se detiene y vuelve la mirada hacia la torre, como llamada por la campana sin voz. Ella le conoce la historia. Sabe que fue castigada por cantar por su cuenta.
Juana marcha rumbo al convento de Santa Teresa la Antigua. Ya no será dama de corte. En la serena luz del claustro y la soledad de la celda, buscará lo que no puede encontrar afuera. Hubiera querido estudiar en la universidad los misterios del mundo, pero nacen las mujeres condenadas al bastidor de bordar y al marido que les eligen. Juana Inés de Asbaje se hará carmelita descalza, se llamará sor Juana Inés de la Cruz.
1983, Lima: Tamara vuela dos veces
Tamara Arze, que desapareció al año y medio de edad, no fue a parar a manos militares. Está en un pueblo suburbano, en casa de la buena gente que la recogió cuando quedó tirada por ahí. A pedido de la madre, las Abuelas de Plaza de Mayo emprendieron la búsqueda. Contaban con pocas pistas. Al cabo de un largo y complicado rastreo, la han encontrado. Cada mañana, Tamara vende querosén en un carro tirado por un caballo, pero no se queja de su suerte; y al principio no quiere ni oír hablar de su madre verdadera. Muy de a poco las abuelas le van explicando que ella es hija de Rosa, una obrera boliviana que jamás la abandonó. Que una noche su madre fue capturada a la salida de la fábrica, en Buenos Aires...
Rosa fue torturada, bajo control de un médico que mandaba parar, y violada, y fusilada con balas de fogueo. Pasó ocho años presa, sin proceso ni explicaciones, hasta que el año pasado la expulsaron de la Argentina. Ahora, en el aeropuerto de Lima, espera. Por encima de los Andes, su hija Tamara viene volando hacia ella.
Tamara viaja acompañada por dos abuelas que la encontraron. Devora todo lo que le sirven en el avión, sin dejar una miga de pan ni un grano de azúcar.
En Lima, Rosa y Tamara se descubren. Se miran al espejo, juntas, y son idénticas: los mismos ojos, la misma boca, los mismos lunares en los mismos lugares.
Cuando llega la noche, Rosa baña a su hija. Al acostarla, le siente un olor lechoso, dulzón; y vuelve a bañarla. Y otra vez. Y por más jabón que le mete, no hay manera de quitarle ese olor. Es un olor raro... Y de pronto, Rosa recuerda. Éste es el olor de los bebitos cuando acaban de mamar: Tamara tiene diez años y esta noche huele a recién nacida.
Esa mujer es una casa secreta.
En sus rincones, guarda voces y esconde fantasmas.
En las noches de invierno, humea.
Quien en ella entra, dicen, nunca más sale.
Yo atravieso el hondo foso que la rodea. En esa casa seré habitado. En ella me espera el vino que me beberá. Muy suavemente golpeo la puerta, y espero.
Creemos que los niños son gilipollas. Que no se enteran. Que podemos engañarlos con facilidad, haciéndolos cómplices de nuestros prejuicios, torpezas y limitaciones. Pero nos equivocamos. Esos diminutos seres con cara de panoli son formidables desarrollando intuiciones magistrales y conclusiones perspicaces. Su capacidad de observación, de intuición extrema y casi animal, su honradez intelectual incontaminada por las convenciones sociales que más tarde acabarán atrapándolos, son asombrosas. Nadie tan coherente, recto y tenaz como ellos al construir mundos propios y defenderlos, aplicar el sentido común, ilusionarse con desafíos, razonar sobre evidencias. Tan consecuentes y honrados, a veces hasta la crueldad, con el mundo que ven o creen ver. Tan próximos todavía a las reglas naturales de la vida; a esas realidades inexorables que los adultos aún no hemos podido hacerles olvidar, ni enmascarar y manipular estúpidamente para ellos. O más bien para nosotros. Para nuestra comodidad y sosiego.
Me hace pensar en esto una moda reciente relacionada con la cabalgata de la noche de Reyes: confiar el papel de Melchor, Gaspar o Baltasar a una mujer. Todo, naturalmente, como cuota políticamente correcta: un tercio de sus majestades de Oriente, para cumplir con el qué dirán. Lo que se traduce en señoras disfrazadas de varón, con barba, corona y demás parafernalia. En los días siguientes al último de Reyes, algunos lectores y amigos me hicieron llegar cartas con sus opiniones sobre la cosa; y algunos, incluso, recortes de prensa con otras cartas publicadas en periódicos locales. Comentarios jocosos o indignados, según el talante de cada cual: mucha chufla y algún cabreo, como el de esa madre cuyo hijo de seis años, embozado con bufanda y gorro de lana bajo los que sólo podían verse sus ojos atónitos, le zarandeaba una mano gritando: «¡Mami, mami, ese rey es una mujer!».
No pasa nada, dirán algunos, por que un rey mago, incluso los tres, sea una mujer. Si ciertas señoras creen que su presencia ahí ayuda a conseguir más respeto para su sexo, pues oigan. Bendito sea. Adelante con los faroles. A fin de cuentas, una cabalgata de Reyes toca menos el rigor que el folklore. Puestos a disfrazarse y a dar espectáculo, sería como negarse a que en las fiestas de moros y cristianos, o en las de cartagineses y romanos -pura y divertida murga sana-, haya señoras que quieran salir de guerrero almohade o legionario romano. Allá cada cual con sus fiestas, sus disfraces y sus botas de vino. Otra cosa es cuando se trata de una reconstrucción histórica calculada y rigurosa, como Las Navas, el 2 de Mayo o la batalla de La Coruña, por ejemplo. Meter ahí a una señora de fusilero británico o de adalid navarro da el cante; quita credibilidad al asunto, porque en aquellos tiempos las señoras no andaban pegando tiros, asaltando trincheras ni dando espadazos a los infieles; y cuando ahora se escriben novelas o se hacen películas donde ocurre eso, tales películas y novelas suelen ser una imbecilidad perfecta.
El problema con los reyes magos es otro: la tradición se refiere a tres reyes varones. Y es la tradición precisamente, transmitida de padres a hijos, la que hace a los niños que aún conservan la inocencia adecuada esperar con ilusión la llegada anual de esos magos de Oriente, cuyos nombres y sexo conocen perfectamente, hasta el punto de que resulta imposible darles Baltasara por Baltasar. Y como los pequeños cabroncetes no tienen un pelo de tontos, en cuanto pasa por delante la carroza, huelen la tostada. Y se les fastidia así la fiesta, la ilusión, la fe en algunas cosas que, para bien de la Humanidad, es conveniente conserven durante el mayor tiempo posible, antes de que la vida les demuestre lo que hay bajo el cartón y el falso armiño de cada rey, mago o no mago. Y así, subida en una carroza, la reina Gaspara, o como se llame, puede que haga un favor enorme a la visibilización de la mujer; pero también estará reventando la ilusión, en su noche más hermosa del año, a millares de criaturas que, sintiéndose estafadas, se volverán a sus padres para denunciar, con justa indignación: «¡Papi, ese rey con barba es una chica!».
Así que ya pueden despedirse de la magia, nuestras criaturas. Darse por fastidiadas. En este país acomplejado y cobarde donde no caben un tonto, un sinvergüenza, un oportunista más, cualquier nueva idiotez triunfa que da gusto. Habrá polémica, claro. Sentido común versus matonismo ultrarradical. Acusaciones de machista intransigente a quien no trague. En consecuencia, las autoridades dispondrán cada vez más cabalgatas con la cuota adecuada de reyes y reinas, magos y magas, camellos y camellas, pajes y pajas. Todo sea por no discrepar. Y a los niños, pues bueno, pues vale, pues me alegro. A ésos, que les vayan dando.
De: http://economiaparatodos.net/el-aborto-es-aborto/
Es verdaderamente inaudito que a esta altura del siglo xxi se ponga en duda el hecho de la vida humana en el seno materno y, por ende, se niegue la equiparación de ese ser con el resto de las personas y, consecuentemente, se le niegue el derecho a la vida, el primero y más fundamental de los derechos individuales inscripto en todas las normas de convivencia civilizada.
Debo reiterar parte de lo que he apuntado antes sobre la materia. Antiguamente no se establecía conexión causal entre el acto sexual y la procreación. Actualmente, la microbiología muestra que desde el instante en el que el óvulo es fecundado hay una célula única, distinta del padre y la madre, un embrión humano que contiene la totalidad de la información genética (ADN o ácido desoxirribonucleico). Una persona que tiene la carga genética completa, una persona en acto que está en potencia de desarrollar sus características futuras, del mismo modo que el adolescente es una persona en acto y en potencia de ser eventualmente anciano.
En el momento de la fusión de los gametos masculino y femenino -que aportan respectivamente 23 cromosomas cada uno- se forma una nueva célula compuesta por 46 cromosomas que, como queda dicho, contiene la totalidad de las características del ser humano.
Solo en base a un inadmisible acto de fe en la magia más rudimentaria puede sostenerse que diez minutos después del nacimiento estamos frente a un ser humano pero no diez minutos antes. Como si antes del alumbramiento se tratara de un vegetal o un mineral que cambia súbitamente de naturaleza. Quienes mantienen que en el seno materno no se trataría de un humano del mismo modo que una semilla no es un árbol, confunden aspectos cruciales. La semilla pertenece en acto a la especie vegetal y está en potencia de ser árbol, del mismo modo que el feto pertenece en acto a la especie humana en potencia de ser adulto. Todos estamos en potencia de otras características psíquicas y físicas, de lo cual no se desprende que por el hecho de que transcurra el tiempo mutemos de naturaleza, de género o de especie.
De Mendel a la fecha, la genética ha avanzado mucho. Luis F. Leujone, el célebre profesor de genética en La Sorbonne escribe que “Aceptar el hecho de que con la fecundación comienza la vida de un nuevo ser humano no es ya materia opinable. La condición humana de un nuevo ser desde su concepción hasta el final de sus días no es una afirmación metafísica, es una sencilla evidencia experimental”.
La evolución del conocimiento está inserta en la evolución cultural y, por ende, de fronteras móviles en el que no hay límite para la expansión de la conciencia moral. Como ha señalado Durant, constituyó un adelanto que los conquistadores hicieran esclavos a los conquistados en lugar de achurarlos. Más adelante quedó patente que las mujeres y los negros eran seres humanos que se les debía el mismo respeto que a otros de su especie. Hoy en día los llamados abortistas, en una macabra demostración de regresión a las cavernas, volviéndole la espalda a los conocimientos disponibles más elementales y encubriendo las contradicciones más groseras, mantienen que el feto no es humano y, por tanto, se lo puede descuartizar y exterminar en el seno materno.
Bien ha dicho Julián Marías que este brutal atropello es más grave que el que cometían los sicarios del régimen nazi, quienes con su mente asesina sostenían que los judíos eran enemigos de la humanidad. En el caso de los abortistas, no sostienen que aquellos seres inocentes e indefensos son enemigos de alguien. Marías denomina al aborto “el síndrome Polonio” para subrayar el acto cobarde de liquidar a quien -igual que en Hamlet- se encuentra en manifiesta inferioridad de condiciones para defenderse de su agresor.
La secuencia embrión-mórula-balstoncito-feto-bebe-niño-adolecente-adulto-anciano no cambia la naturaleza del ser humano. La implantación en la pared uterina (anidación) no implica un cambio en la especie, lo cual, como señala Ángel S. Ruiz en su obra sobre genética “no añade nada a la programación de esa persona” y dice que sostener que recién ahí comienza la vida humana constituye “una arbitrariedad incompatible con los conocimientos de neurobiología”. La fecundación extracorpórea y el embarazo extrauterino subrayan este aserto.
Se ha dicho que la madre es dueña de su cuerpo, lo cual es del todo cierto pero no es dueña del cuerpo de otro. Se ha dicho que el feto es “inviable” y dependiente de la madre, lo cual es también cierto, del mismo modo que lo son los inválidos, los ancianos y los bebes recién nacidos, de lo cual no se sigue que se los pueda exterminar impunemente. Lo mismo puede decirse de supuestas malformaciones: justificar la matanzas de fetos justificaría la liquidación de sordos, mudos e inválidos. Se ha dicho que la violación justifica el mal llamado aborto, pero un acto monstruoso como la violación no justifica otro acto monstruoso como el asesinato. Se ha dicho, por último, que la legalización del aborto evitaría las internaciones clandestinas y antihigiénicas que muchas veces terminan con la vida de la madre, como si los homicidios legales y profilácticos modificaran la naturaleza del acto.
Entonces, en rigor no se trata de aborto sino de homicidio en el seno materno, puesto que abortar significa interrumpir algo que iba a ser pero que no fue, del mismo modo que cuando se aborta una revolución quiere decir que no tuvo lugar. De más está decir que no estamos aludiendo a las interrupciones naturales o accidentales sino a un exterminio voluntario, deliberado y provocado.
Tampoco se trata en absoluto de homicidio si el obstetra llega a la conclusión -nada frecuente en la medicina moderna- que el caso requiere una intervención quirúrgica de tal magnitud que debe elegirse entre la vida de la madre o la del hijo. En caso de salvar uno de los dos, muere el otro como consecuencia no querida, del mismo modo que si hay dos personas ahogándose y solo hay tiempo de salvar una, en modo alguno puede concluirse que se mató a la otra.
Se suelen alegar razones pecuniarias para abortar, el hijo siempre puede darse en adopción pero no matarlo por razones crematísticas, porque como se ha hecho notar con sarcasmo macabro, en su caso “para eso es mejor matar al hijo mayor ya que engulle más alimentos”.
Es increíble que aquellos que vociferan a favor de los “derechos humanos” (una grosera redundancia ya que los vegetales, minerales y animales no son sujetos de derecho) se rasgan las vestiduras por la extinción de ciertas especies no humanas pero son partidarias del homicidio de humanos en el seno materno. La carnicería que se sucede bajo el rótulo de “aborto” constituye una enormidad, la burla más soez a la razón y al significado más elemental de la civilización.
La lucha contra este parricidio en gran escala reviste mucha mayor importancia que la lucha contra la esclavitud, porque por lo menos en este caso espantoso hay siempre la esperanza de un Espartaco exitoso, mientras que en el homicidio no hay posibilidad de revertir la situación.
Estremecen las historias en donde por muy diversos motivos y circunstancias hubo la intención directa o indirecta de abortar a quienes luego fueron, por ejemplo, Juan Pablo II, Andrea Bocelli, Steve Jobs, Cristiano Ronaldo, Celine Dion, Jack Nicholson y Beethoven. Por supuesto que no es necesario de que se trate de famosos para horrorizarse frente al crimen comentado. Todos los seres humanos son únicos e irrepetibles en toda la historia de la humanidad. Cada uno posee un valor extraordinario y no puede ser tratado como medio para los fines de otros puesto que es un fin en si mismo.
Lo dicho es la razón por la que en las normas de países civilizados se destaca el derecho a la vida de las personas en el seno materno y desde la concepción. El eminente constitucionalista Gregorio Badeni ha enfatizado este punto en el ilustrativo caso argentino. Así explica Badeni los siguientes seis puntos. Primero, el autor del Código Civil de 1871, Dalmasio Vélez Sarfield, apunta en su nota al artículo 63 que “las personas por nacer no son personas futuras pues ya existen en el seno materno”. Segundo, el artículo 70 de ese código “establece que la vida de las personas comienza desde su concepción”. Tercero, el artículo 75, inciso 23, de la Constitución argentina “impone la protección de la niñez desde el embarazo”. Cuarto, el artículo 4 inciso primero de la Convención Americana “citada en el artículo 75 inciso 22 de nuestra Ley Fundamental, y que tiene jerarquía superior a las de las leyes del Congreso, prescribe que el derecho a la vida está protegido desde la concepción”. Quinto, la ley 23.849 “establece, con relación a la Convención sobre los Derechos del Niño, que en la Argentina reviste ese carácter toda persona desde su concepción y hasta los 18 años de edad”. Y sexto, el Código Penal establece “entre los delitos contra la vida (artículos 85 a 88), sanciona a quien cause un aborto con dolo o culpa, a los médicos, parteras y farmacéuticos que provoquen o cooperen en causar un aborto y a la propia madre que produzca o consienta su propio aborto. La pena prevista, considerando las circunstancias agravantes de cada caso, es la prisión de 6 meses a 15 años”. Concluye Badeni en su escrito de 2001 que “para la legislación argentina, la vida de las personas comienza antes de su nacimiento y el aborto es un homicidio”.
En estos contextos debe tenerse muy presente la indispensable responsabilidad que es perentorio que asuma cada cual al mantener relaciones sexuales y no solo vinculado al importante tema matrimonial. Hay infinidad de métodos que evitan el embarazo, no es cuestión de tomar el asunto frívolamente y luego arremeter contra una vida. Va de suyo que este comentario sobre la responsabilidad individual no se aplica al caso espantoso y repugnante de la violación sobre lo que ya nos pronunciamos más arriba o, en línea equivalente, la aberración indescriptible del incesto forzoso, pero en las relaciones voluntarias se comprueba una enorme dosis de irresponsabilidad y cinismo superlativo.
Para cerrar esta nota periodística, es pertinente subrayar que, tal como escribe Niceto Blázquez -doctor en filosofía y en psicología médica- “la escalada mundial del aborto legalizado es un fenómeno extraño de última hora, más o menos desde la segunda guerra mundial en adelante para los países social-comunistas y sus satélites” y se detiene a considerar muchos casos históricos de sociedades consideradas “primitivas” que castigaban lo que se denomina aborto en la parla convencional, comenzando desde el Código de Hammurabi más de mil setecientos años antes de Cristo. Marcamos al abrir esta nota que en la antigüedad no había necesariamente noción del nexo causal entre el vínculo sexual y la aparición de la prole, pero si había clara idea de la vida en el seno materno, de allí la tendencia a los castigos y reprimendas a los que atentaban contra esas vidas. Ahora la “modernidad” en gran medida se inclina por arrojar al basurero a seres humanos indefensos. Es de desear que esto cambie radicalmente puesto que remite a las bases más elementales de la sociedad civilizada.
"Cuanto mas conozco a los hombres, menos los quiero. Si pudiese decir otro tanto de las mujeres, me iría mucho mejor".
Lord Byron
Había un mundo donde los hombres lloraban todo el tiempo. Pero no lo hacían por cualquier cosa. Por ejemplo: solían llorar porque una rama se había casi desprendido de un árbol. O porque la luna no estaba aún del todo llena. O porque quizá había demasiada prisa por las calles de los números impares. O porque habían percibido que algunos, entre ellos, no eran del todo frágiles o del todo fuertes. El único llanto prohibido era el llanto porque sí. Nadie podía llorar por llorar.
En un principio parecía que los hombres lloraban a toda hora, en cualquier lugar, por cualquier motivo, pero era una percepción equivocada.
Había una hora en particular, las siete de la tarde, cuando se escuchaba con nitidez -pero en absoluto desorden, sin ninguna placidez en la melodía- esa atmósfera inusual del murmullo de las lágrimas. No era casual: las siete de la tarde es la hora en que la luz se disemina por los perfiles, se acomoda en los contornos y ya no señala hacia nada, ni acusa a nadie, a ninguno.
Los hombres, quizá por cierta prudencia o por decoro o por pura imbecilidad, salían a llorar hacia lugares precisos, alejados de sus hogares pero no muy lejos de las causas que provocaban el llanto: tomaban algo que podría llamarse una distancia mínima, o distancia cercana, o distancia próxima. Se apoyaban en el tronco de un árbol, se sentaban al borde de una acera despoblada, caminaban despacio por los márgenes del río, buscaban escondites sombríos. Y lloraban sin parar.
Preferían no encontrase con nadie a esa hora, pues sabían que para que un llanto fuese verdadero debían estar en soledad: ése era el llanto de los hombres por el momento solos.
El llanto no duraba demasiado tiempo, no era una cuestión de duración, sino de intensidad. Llorar no era un acto privado, pero sí íntimo. A esos hombres les parecía impropio llorar en grupo o delante de otro hombre que también lloraba. Había que salir a llorar, irse de uno mismo, de lo propio y de los demás, para llorar realmente. Además, no les gustaba causar remordimiento, ni complacencia, ni lástima con sus llantos.
¿Pero porqué lloraban? A los hombres les angustiaba sobremanera todo lo que fuera casi y todo lo que fuese quizá. El sentir casi un peligro, el tener quizá un amor, el saber casi algo, el no poder quizá realizar un sueño, el pensar casi lo mismo, el quizá algo podría ocurrir en otro momento. Detestaban el mundo de los casi y los quizá. Preferían una vida de blancos y negros, por más terrible o mediocre que fuese.
Durante el llanto los hombres se mantenían únicamente ocupados en llorar. Como en ningún otro momento del día y de la noche, era allí cuando lo humano se revelaba tal cual se suponía que debía ser: no había postergaciones, ni certezas, ni explicaciones, ni trampas. Todo era indecisión, fragilidad, despojo; pero también todo no dejaba de ser austero, honesto, transparente.
En el mundo de los hombres en llanto se creaba una complicidad inédita, aunque terriblemente solitaria, que duraba hasta el cuarto de hora siguiente, casi al borde del comienzo de la noche, quizá antes de volver a hablar, casi antes de pensar.
(Fotografía: Gustavo Peralta)
Justo en ese instante, una mujer los interrumpía.
Sí, una mujer interrumpía los llantos de los hombres y les ofrecía una tregua.
Era una mujer sin edad, sin rostro, que nunca aparecía de frente: era cualquier mujer y eran todas las mujeres. Una mujer que tenía a un lado el sol y a otro lado la luna. Era una mujer que, como Venus, estaba llena de cicatrices, de una descomunal e hiriente belleza.
Los hombres, confundidos, detenían el llanto. Pero apenas el último hombre dejaba de llorar, la mujer les impedía el habla para que no intentaran comenzar a explicar el llanto, hacer teorías, escribir terribles poemas o arrepentirse de inmediato. La mujer decía con voz firme: “Ahora podrán decir. No hablar, sino decir. El lenguaje solo es posible sin llorar y sin hablar. Así podrán decir cada cosa, aunque nunca podrán decirlo todo”.
La mujer se iba despacio. Si su aparición dejaba perplejos a los hombres, su partida les provocaba un nuevo e inevitable llanto y se sentían incapaces de decir.
Hablaban todo el tiempo, eso sí, de la mujer que recién había llegado y que ya se había ido.
La mujer los dejaba alterados, inquietos, extraños.
Quizá sin poder hablar. Casi sin dejar de llorar.
En El libro de los abrazos, uno de los libros más exitosos y logrados de Galeano, está contenido un pequeño relato titulado "La noche". Este relato dividido en cuatro partes sirvió de inspiración a Serrat para su canción "Secreta mujer" que formó parte del álbum Sombras de la China (1998):
LA NOCHE / 1
No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.
LA NOCHE / 2
Arránqueme, Señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.
LA NOCHE / 3
Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.
LA NOCHE / 4
Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.
La letra de la canción de Serrat queda así:
No puedo dormir.
No puedo dormir.
Atravesada entre los párpados
tengo una mujer,
secreta mujer
tan sol y tan luna
que abre mis ojos y me obliga a ver
mi desventura y mi fortuna.
Y no me deja dormir
esa mujer,
esa secreta mujer.
Arránqueme, señora, las ropas.
Desnúdeme.
Arránqueme, señora, las dudas.
Desdúdeme.
Arránqueme, señora, las ropas y las dudas.
Desnúdeme. Desdúdeme.
Secreta mujer.
Secreta mujer.
Atravesada entre mis párpados
le quiero decir,
le quiero pedir
que me deje, que se vaya.
Pero no puedo hablar a mi pesar.
Atravesada en la garganta,
me atormenta una mujer
esa mujer,
esa secreta mujer.
Arránqueme, señora, las ropas.
Desnúdeme.
Arránqueme, señora, las dudas.
Desdúdeme.
Arránqueme, señora, las ropas y las dudas.
Desnúdeme. Desdúdeme.
1) LISTO: esta es la palabra que usamos para terminar una discusión cuando hemos dicho la última palabra y vos te quedaste callado. Tenemos razón.
2) 5 MINUTOS: puede tener dos significados: si vos la estás necesitando para algo y la mujer se está vistiendo por ejemplo, significa media hora o 45 minutos. Si ella te necesita para algo y vos estas con la PlayStation o viendo un partido, significa dos minutos.
3) NADA: Significa mucha rabia por algo. ¿Te pasa algo?. SI pasa algo y es muy grave. Discusiones que empiezan con NADA normalmente duran de una hora a 3 años y terminan con LISTO (mira el punto 1).
4) HACÉ LO QUE QUIERAS: definitivamente significa NO hagas lo que quieras.
5) GRAN SUSPIRO: es como una palabra, pero no verbal. Un GRAN SUSPIRO significa que sos un idiota y nos preguntamos por que estamos perdiendo tiempo peleando sobre NADA (mira el punto 3).
6) OK.: Es una de las palabras mas peligrosas. Aunque da la impresión de significar que te dieron la razón, realmente significa que necesita tiempo para pensar muy bien antes de decidir cómo y cuando hacértelas pagar.
7) GRACIAS: Por tradición pronunciamos esta palabra solamente una vez al año. Si te agradecemos no te desmayes; sólo queremos dar las gracias. Nota: Ojo! MUCHAS GRACIAS es puro sarcasmo.
8) COMO QUIERAS: modo gentil de decir ¡¡¡andate a la m.!!!
9) NO TE PREOCUPES QUE YO LO HAGO: Significa que pedimos algo dos veces (no importa si fue recién o hasta en años diferentes), y consideramos necesario darnos por vencidas y hacerlo nosotras. Esto te llevará a preguntarte ¿pero que hice de malo? La respuesta de la mujer es el punto numero 3.
10) ¿QUIEN ES?: cada vez que preguntamos 'quien es' en realidad te estamos preguntando: ¿QUIEN ES ESA P. Y QUE ES LO QUE QUIERE????!!!!!!!' Ojo con lo que contestas.
Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar al hijo del fondo de la tierra.
Fui sólo como un túnel. De mí huían los pájaros,
y en mí la noche entraba en su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.
Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
¡Ah los vasos del pecho! ¡Ah los ojos de ausencia!
¡Ah las rosas del pubis! ¡ Ah tu voz lenta y triste!
Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue y el dolor infinito.
Asomaba a sus ojos una lágrima,
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá: ¿por qué no lloré yo?