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viernes, 16 de febrero de 2018

El jardín de senderos que se bifurcan (1941; Ficciones, 1944

A Victoria Ocampo

En la página 242 de la Historia de la Guerrra Europea de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.
         “... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y —pero eso parecía muy secundario, o debería parecérmelo— también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido arrestado o asesinado[1]. Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte. Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición ¿cómo no iba a brazar y agradecer este milagroso favor: el descubirmiento, la captura, quizá la muerte de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que es día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente me pasa me pasa a mí... El casi intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. En mitad de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a Richard Madden, ahora que mi gasrganta anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. El nombre del preciso lugar del nuevo parque de artillería británico sobre el Ancre.Un pájaro rayó el cielo gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en mucho (en el cielo francés) aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. Si mi boca, antes que la dehiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que los oyeran en Alemania... Mi voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del Jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos... Dije en voz alta: Debo huir. Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome. Algo -tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos—me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, un carta que resolví destruir inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala. Absurdamente lo empuñé y sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de la única persona capaz de transmitir la noticia: viviía n un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.
         Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra —un hombre modesto— que para mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe... Lo hice, porque yosentía que el Jefe tenía en poco a los de mi raza -a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían golpear en cualquier momento a mi puerta. Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. Recurdo que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con lentitud voluntaria y casi penosa; iba a la aldea de Ashgove, pero saqué un pasaje para una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y cincuenta. Me apresuré: el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el andén. Recorrí los coches: recuerdo a unos labradores, una enlutada, un joven que leía con fervor los Anales de Tácito, un sodado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido cristal.
         De esa aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que estaba empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. Argüi que no era mínima, ya que sin esa diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era hombre capaz de llevar a buen término la aventura. De esa debilidad saqué fuerzas que no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignarña cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Así procedí yo, mentras mis ojos de hombre ya muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. ¿Ashgrove? les pregunté a unos chicos en el andén. Ashgrove, contestaron. Bajé.
         Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de la sombra. Uno me interrogó: ¿Usted va a casa del doctor Stephen Albert?. Sin aguardar contestación, otro dijo: La case queda lejos de aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda. Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones de piedra y entré en el solitario camino. Éste, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme. Por un instante, pensé que Richard Madden había penetrado de algún modo mi desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eeso era imposible. El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Ts'ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberintode laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes , olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita.El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines,cursos de agua, ponientes. Llegué, así, a un alto portín herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. Por eso, yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.
         Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y dijo lentamente en mi idioma:
         —Veo que el piadoso Hsi P'êng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?
         Reconocí el nombre de uno e nuestros cónsules y repetí desconcertado:
         —¿El jardín?
         —El jardín de los senderos que se bifurcan-
         Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad:
         —El jardín e mi antepasado Ts'ui Pên.
         —¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.
         El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador e la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros antepasados copiaron de los alfareros de Persia...
         Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin “antes de aspirar a sinólogo”.
         Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.
         —Asombroso destino el de Ts'ui Pên —dijo Stephen Albert—. Gobernador de us provincia natal, docto en astronomía, en astrología y enm la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea —un monje taoísta o budista— insistió en la publicación.
         —Los de la sangre de Ts'ui Pên -repliqué— seguimos execrando a ese moje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorio. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En cuanto a la otra empresa de Ts'ui Pên, a su Laberinto...
         —Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
         —¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo...
         —Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts'ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. El Pabellón de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts'ui Pên murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts'ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito. Otra: un fragmento de una carta que descubrí.
         Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts'ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:
         —Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de Las 1001 Noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a referir textualmente la historia de Las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica, hereditaria, transmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de sus mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna me parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Tsúi Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado.Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones.Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen; por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.
         Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla le parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de un desesperada aventura, en una isla occidental. Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: Así combatieron los héroes, tranquilo eñ admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y morir.
         Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible, intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más íntima y que ellos de algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió:
         — No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. En su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable. Ts'ui Pên fue un novelista genial, preo también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclama —y harto lo confirma su vida— sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que no figura en las páginas del Jatdín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo. ¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?
         Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stephen Albert me dijo:
         —En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
         Refelxioné un momento y repuse:
         —La palabra ajedrez.
         —Precisamente -dijo Albert-, El jardín de los senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el espacio; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cadda uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts'ui Pên. He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer, el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia:El jardín de los senderos que se bifurcan es una imágen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todasla posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravezar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.
         —En todos —articulé no sin un temblor— yo agradezco y venero su recreación del jardín de Ts'ui Pên.
         —No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.
         Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisbles personas. Esas personas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre; pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero y era el capitán Richard Madden.
         —El porvenir ya existe —respondí—, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la carta?
         Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.
         Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que propusierona Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera asesinado por un desconocido, Yu Tsun. El Jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona con ese nombre. No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio.


[1] Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola automática al portador de la orde de arrestro, capitán Richard Madden. Éste, en defensa propia, le causó heridas que determinaron su muerte. (Nota del Editor.)

domingo, 8 de enero de 2017

Cosas de ti que dicen que eres inteligente, según los científicos

Recortado de: http://verne.elpais.com/verne/2016/12/04/articulo/1480856497_591166.html

Tus padres no te hubieran dejado hacer casi ninguna de las de esta lista

Sherlock / BBCSherlock / BBC

Hace unas semanas repasábamos todo lo que deberías hacer antes de las 8 de la mañana, si hicieras caso a internet. Infinidad de artículos proponen buenos hábitos y consejos que, al comparar unos con otros, terminan por incurrir en contradicciones imposibles de cumplir. Los estudios sobre aspectos de nuestro carácter o comportamiento que indican si somos más inteligentes que la media o que hacer determinado tipo de cosas desarrollan nuestra inteligencia son igual de comunes.

Muchos de ellos, aunque no todos, están relacionados curiosamente con hábitos que solemos considerar un defecto o algo políticamente incorrecto. Investigadores de universidades con nombres larguísimos han analizado el asunto y los medios no hemos dudado en publicarlos, en ocasiones siendo muy reduccionistas en los titulares con respecto a las investigaciones realizadas. En cada título de este listado de artículos puede encontrarse un enlace que afirma la relación entre inteligencia y los actos con los que se relaciona. Cada uno puede juzgar por sí mismo la validez de los métodos científicos empleados y la coincidencia con los resultados anunciados.

1. Ser vago

La Universidad de la Costa del Golfo de Florida explica que, para compensar el esfuerzo y el sacrificio de pensar tanto, las personas inteligentes reducen la cuota de actividad física diaria. El equipo de investigadores dirigido por Todd McElroy envió un examen a un gran número de estudiantes, de los que se seleccionó a 30 que tenían tendencia a pensar demasiado ("pensadores") y otros 30 que intentaban evitar a toda costa la reflexión excesiva ("no pensadores"). Se les colocó un acelerómetro en la muñeca durante siete días. De lunes a viernes, los "pensadores" realizaban mucha menos actividad física que los "no pensadores", solo durante el fin de semana se igualaba el esfuerzo físico de ambos grupos.

2. Tener el escritorio desordenado

Es un signo claro de inteligencia y creatividad, dicen investigadores de la Universidad de Minessota. Entre otros muchos argumentos, aportan como pruebas imágenes de los escritorios de genios como Albert Einstein, Steve Jobs o Mark Zuckerberg; todos ellos son un desastre que de seguro han sido la vergüenza de sus padres al hacerse públicos. Aunque nos resulten más aburridas, aquellas personas que son ordenaditas resultan ser más generosas, concluye el estudio.

Los investigadores, liderados por Kathleen Vohs, convocaron a los voluntarios a dos oficinas de mismo tamaño, mobiliario e iluminación. Una de ellas con sus escritorios desordenados y la otra completamente limpia. Les pidieron realizar varias actividades, como donar o elegir entre comer una manzana o una barrita de chocolate. Los de la oficina ordenada eran más propensos al donativo y a comerse la manzana, en cambio, los de la oficina desordenada eran mucho mejores cuando se les pedía hacer una lluvia de ideas

3. Tener pocos amigos

¿Por qué la gente inteligente está mejor con pocos amigos?, se preguntaba el pasado mes de marzo The Washington Post. La respuesta la tiene la publicación en National Center for Biotechnology Information, que explica que "los individuos más inteligentes se sienten menos satisfechos con su vida si socializan más a menudo con amigos". Son más infelices cuando se interrelacionan, así que lo hacen con menos frecuencia. Extraen esta conclusión tras analizar una encuesta en todo el Reino Unido con 15.000 personas de entre 18 y 28 años de edad. En general, quieren que les dejes en paz y no les molestes.

4. Hablar solo

"No significa que estés loco: hablar solo tiene beneficios cognitivos", dice un artículo de Science Daily. Hacerlo, asegura esta investigación, permite tener mejor memoria porque activa el mecanismo sensorial del cerebro, centrarse mejor en las tareas y clarificar los pensamientos.

El estudio encabezado por los psicólogos Gary Lupyan (Universidad de Wisconsin) y Daniel Swingley (Universidad de Pennsylvania) pusieron a los voluntarios a encontrar determinados objetos. En ocasiones les pidieron que dijeran el nombre del objeto en voz alta mientras buscaban, lo que descubrieron que facilitaba el proceso.

5. Consumir drogas

Los británicos James White, David Batty, Catharine Gale se basaron en otro estudio para concluir que aquellos individuos que en su niñez cuentan con un CI superior a 125, tienen más posibilidades de consumir alcohol y drogas en la edad adulta que aquellos con un CI inferior a 75.

Su metodología consistió en comparar los datos de 6.713 personas que formaron parte del Estudio Nacional de Desarrollo Infantil en 1958. Se les tomó varios datos a la edad de 11 años, entre ellos su CI y se hizo un seguimiento de los participantes al cumplir los 16, 23, 33, 42, 46, y 50. A los 42 años, se les preguntó por su consumo de drogas y tiempo después, en 2012, este estudio comparó los resultados de esta encuesta. Ahí pudo comprobarse la correlación entre el patrón de consumo de alcohol y drogas de aquellos que habían obtenido mejores resultados en el test de inteligencia en su infancia.

6. Decir palabrotas

Solemos relacionar el uso de palabras malsonantes con la pobreza de vocabulario. Camilo José Cela, con su Diccionario secreto, y Arturo Pérez-Reverte no estarían de acuerdo con esta premisa y, al parecer, llevaban razón. La revista científica Language Sciences explicaba el año pasado el experimento realizado por los psicólogos Kristin y Timothy Jay, de la Universidad de Artes de Massachusetts.

Solicitaron a los participantes de su estudio que dijeran tantas palabrotas como les fuera posible durante un minuto. Aquellos que ofrecieron un listado más amplio de respuestas fueron también los que demostraban un vocabulario más inteligente en otras áreas generales (nombres de animales o ciudades).

7. Acostarse tarde

La Universidad de Legia en Bélgica apoya a aquellos que se levantan tarde porque se acuestan tarde. El investigador del sueño Philippe Peigneux lideró un grupo de estudio en 2009 que comparaba 15 aves nocturnas (se levantan a las 11 de la mañana) con 16 madrugadores (estás despiertos a las 7) y se les sometió a un escáner cerebral al comenzar su día.

La conclusión a la que llegaron es que la actividad cerebral de los primeros es superior a la de los segundos, al mantener un nivel de alerta mucho más elevado. La diferencia entre ambos tipos de personas no se nota tanto por la mañana como en las horas vespertinas.

El asunto de acostarse tarde es muy discutido, como explicaba a Verne Ana Adan, doctora en Psicobiología de la Universidad de Barcelona.

8. El póker definitivo: de izquierdas, sin hijos, gay y vegetariano

Que nadie se enfade con Verne, que no lo decimos nosotros. Lo asegura Satoshi Kanazawa, experto en psicología evolutiva de la Escuela de Ciencias Económicas y Políticas de Londres. Su libro The Intelligence Paradox argumenta sus teorías, que resume en una entrevista para The Economist. Hay consuelo para aquellos que no cumplan con ninguna de estas pautas: "Los inteligentes hacen las cosas mejor en casi todos los aspectos de la vida moderna, excepto en los verdaderamente importantes como son encontrar pareja, educar a un hijo y hacer amigos", sentencia el autor.

* Para que no te pierdas nada, nosotros te mandamos lo mejor de Verne a tu móvil: ¡únete a nuestro Telegram telegram.me/verneelpais!

domingo, 8 de noviembre de 2015

I Origin

 

http://www.ioriginsmovie.com/

http://www.imdb.com/title/tt2884206/

 

00:38:31,226
Ian:
What's wrong?
I know something's wrong, so...

Sofi:
You leave me everyday
to torture little worms?

Ian:
We're not torturing worms, Sofi.
If you're interested,
we're modifying organisms.
In this case, they happen to
be worms that are blind...
and we're modifying them to have vision.

Sofi:
You can make blind worms see?

Ian:
Kind of.
I mean, we can now, maybe.

Sofi:
You think that's a good idea?

Ian:
Do you think it's a bad idea?

Sofi:
I think it's dangerous to play God.

Ian:
Sofi, I believe in proof.
There is no proof that there
is some magical spirit...
that's invisible,
living above us, right on top of us.

Sofi:
How many senses do worms have?

Ian:
They have two.
Smell and touch.
Why?

Sofi:
So...
they live without any ability to see
or even know about light, right?
The notion of light to
them is unimaginable.

Ian:
Yeah.

Sofi:
But we humans...
we know that light exists.
All around them...
right on top of them...
they can't sense it.
But with a little mutation,
they do. Right?

Ian:
Correct.

Sofi:
So...
Doctor Eye...
perhaps some humans,
rare humans...
have mutated to have another sense.
A spirit sense.
And can perceive a world
that is right on top of us...
everywhere.
Just like the light on these worms.

Ian:
So, you're a mutant.

Sofi:
And I'm not the only one.

Ian:
Oh...
- Jesus!

Sofi:
- Are you okay?

Ian:
- I got formaldehyde in my eye.

Sofi:
- Here, let me see.

martes, 9 de abril de 2013

¡TRAMPA PARA MOSQUITOS HECHA EN CASA!

Elementos necesarios:

Lo que necesitamos es básicamente:
UN BOTELLON PLASTICO DE 2 LIT.
200 ml de agua
50 gramos de azúcar morena,
1 gramo de levadura (pan de levadura, lo encuentras en cualquier supermercado).

Cómo hacerlo:
1. Cortar la botella de plástico a la mitad. Guardar la porción del cuello:
2. Mezclar azúcar con agua caliente. Deje que se enfríe. Cuando esté frío, verter en la parte inferior de la mitad de la botella.
3. Añadir la levadura. No hay necesidad que mezclar. Crea dióxido de carbono.
4. Coloque el embudo (La parte de arriba de la botella), boca abajo, en la otra mitad de la botella (el fondo).
5. envolver la botella con algo negro, menos la parte superior y poner en algún rincón de la casa.

En dos semanas verás la cantidad de zancudos y mosquitos que murieron dentro de la botella.

Además de limpiar sus casas de criaderos de zancudos y mosquitos, podemos usar este método muy útil en: escuelas, guarderías, hospitales, casas, ranchos, granjas, ranchos, viveros. etc.. No te olvides que el Dengue estará atacando fuertemente en los próximos meses: Este mosquito enferma y puede matar a una persona.

Aquí la razón por la cual pican y por la que el experimento si es viable... en síntesis buscan el Dióxido de Carbono que emitiría la botella → http://bit.ly/mosquitos-pican