jueves, 7 de enero de 2016

12 cosas que aprendí siendo corresponsal en Argentina

 

Después de casi tres años en el país, el corresponsal de la cadena británica BBC regresa a Europa

MIÉRCOLES 06 DE ENERO DE 2016

El fútbol, el tango y Caminito, algunos íconos de Argentina.

El fútbol, el tango y Caminito, algunos íconos de Argentina..

Gracias a las canciones de Joaquín Sabina sabía lo que era La Doce, dónde quedaba San Telmo y qué era un colectivo, pero cuando llegué a Buenos Aires un 21 de abril de 2012 conocía poco sobre este país, que aún estoy intentando descifrar.

Lo que sigue no es más que un compendio muy subjetivo (y algo nostálgico) sobre algunas cosas que puede aprender un periodista extranjero de Argentina. Del trabajo y de la vida. De los paseos por la Avenida Corrientes, de los piquetes en la 9 de Julio, de las caminatas por la Patagonia, de los calores de Misiones y de los coyas de Salta:

1. El tango es patrimonio nacional, pero la verdadera música que reina en la calle argentina es la cumbia.

Gardel y Piazzolla son grandes maestros del tango. Gilda, Nene Malo y Agapornis son los dueños de la calle.

Gardel y Piazzolla son grandes maestros del tango. Gilda, Nene Malo y Agapornis son los dueños de la calle..

2. El mundo se divide entre Boca y River, entre Charly y Gustavo, entre Macri y Cristina, entre el interior y la capital, entre los que dicen "publicidad" y los que dicen "propaganda", entre el periodista Jorge Lanata y el programa kirchnerista 6,7,8, entre las rochas y las chetas, entre las divas televisivas Mirtha Legrand y Susana Giménez.

3. En Argentina, el fin del mundo siempre parece a la vuelta de la esquina, pero rara vez suele llegar.

Tan acostumbrados están los argentinos a vivir al borde del precipicio que han inventado un arte, el del "atado con alambre", que ha vuelto a este país creativo e ingenioso, sobreviviente y con una capacidad infinita de adaptarse a la montaña rusa que es este fascinante lugar.

Tener la oficina en pleno Microcentro porteño parecía buena idea... salvo por las protestas que pueblan la Avenida Corrientes cada día.

Tener la oficina en pleno Microcentro porteño parecía buena idea... salvo por las protestas que pueblan la Avenida Corrientes cada día..

4. La vida es vertiginosa y el ritmo político de Argentina, más.

Lo que hoy es seguro puede cambiar radicalmente al día siguiente. Y esa es una lección que aprendió a golpes este periodista, que se equivocó muchas veces y al que le costó entender que muchas cosas no son lo que parecen y que muchas otras necesitan buena dosis de perspectiva y contexto.

El político que parece un líder indiscutible en enero puede no ser nadie el diciembre. Y viceversa.

El equipo que arranca con dudas un Mundial de fútbol puede llegar a la final del campeonato.

El "default técnico" que muchos temían en julio de 2014 no trajo el apocalipsis al país.

Y cuando pensabas que jamás podría gustarte el mate o el fernet, sucumbiste. Todo cambia.

5. El choripán no es un pan con chorizo. Es un ícono pop y un símbolo político. Más allá de eso, en Argentina siempre hay que darle un aplauso al asador.

Aquí, el causante de la baja forma de este corresponsal y de su felicidad.

Aquí, el causante de la baja forma de este corresponsal y de su felicidad..

6. Y el tema del dólar "es complicado". Pero el del Peronismo, aún más.

Unos días los argentinos creen que éste es un "país de mierda", que en algún momento de su historia se frustró su destino de potencia mundial o que no hay manera de ser "normal", pero a mí me gustan más cuando desafían al resto del mundo: "Decíme qué se siente".

7. El argentino es humilde, amable y familiar, reparte abrazos y dice te quiero a menudo. Se interesa por saber más de quien viene de fuera.

Son mujeres y hombres para los que el asado del domingo es sagrado, que golpean cacerolas para protestar y para celebrar, que han hecho un arte de la costumbre de hacer fila y esperar, para los que la amistad está por encima de todo.

No importa que en realidad seas manchego y que nunca en tu vida hayas pisado Galicia. Si eres español, el argentino te llamará "gallego".

8. Ah, la "interna". Una de esas palabras que todo periodista extranjero debe aprender para entender que detrás de cada historia hay un conflicto, una rivalidad, una tensión, a menudo entre grupos que buscan fines similares.

La interna peronista, la interna del sindicato, la interna de la asociación de víctimas. El reflejo de una sociedad que ama el debate y la discusión y una trampa para el que crea que en este país todo es como parece.

El arte de hacer fila en Argentina.

El arte de hacer fila en Argentina..

9. Cuando tienes una duda no pides que te la aclaren, preguntas "si puedes hacer una consulta".

10. Llegas a Argentina y te causan gracias los chamuyos (el arte nacional del piropo), pero detestas el drama y el histeriqueo (ahora me gustas y después no, ahora que me buscas ya no te quiero).

Ahora te cansa el chamuyo, pero te has convertido en un dramático histérico y vivirás con esa divertida maldición por el resto de tu vida.

11. Besos. Besos por todos lados.

En la fila del mercado, besos. En el cine, besos. Y cuando te presentan a alguien nuevo, besos.

En la fila del mercado, besos. En el cine, besos. Y cuando te presentan a alguien nuevo, besos..

12. Los argentinos no responden al estereotipo de seres arrogantes ni se creen superiores.

Los argentinos tienen las cataratas de Iguazú y el glaciar Perito Moreno, los cerros del Norte y los picos de la Patagonia, los vinos de Mendoza y las ballenas del sur.

Los argentinos tienen el dulce de leche, la carne, la mano de Maradona, a Ricardo Darín y a Las Leonas, la noche de Palermo, Relatos Salvajes, Esperando la Carroza y las páginas de Borges.

El argentino no es arrogante, es sólo que es consciente (y perdón por el porteñismo que estoy a punto de soltar) de que vive, sin lugar a dudas, en uno de los mejores lugares del mundo.

Nota de Ignacio de los Reyes

viernes, 25 de diciembre de 2015

Canto a mi mismo–Walt Whitman

Yo mismo me celebro y a mí mismo me canto;
y mis pretensiones serán las tuyas,
pues que cada átomo mío también te pertenece...
Mi lengua, cada átomo de mi sangre,
formados de este suelo, de este aire,
nacido aquí de padres,
nacidos aquí de padres también aquí nacidos,
yo, ahora de treinta y siete años de edad,
en perfecta salud, comienzo,
esperando no cesar más hasta la muerte...
Yo ofrezco abrigo para el bien o para el mal,
yo dejo hablar a todos a la ventura,
la naturaleza desenfrenada con la energía original...

¡Quitad las cerraduras de las puertas!
¡Quitad las puertas mismas de los quicios!
El que a otro degrada, a mí me degrada...
Yo prefiero la pretérita palabra original,
entrego el signo de la democracia;
¡por Dios! nos aceptaré nada
que los otros no puedan obtener en los mismos términos...

A través de mí resuenan
las infinitas voces largo tiempo enmudecidas,
voces de interminables generaciones de prisioneros y de esclavos
y de los derechos de aquellos a los que otros pisotean...

Me celebro y me canto a mí mismo lleno de vida,
ahora, compacto, visible;
yo con casi cuarenta años vividos
al hombre que viva a un siglo de aquí,
o dentro de cualquier número de centurias,
a ti que no has nacido aún, te dirijo estos cantos.
Cuando leas esto, yo, que ahora soy visible,
me habré vuelto invisible;
entonces tú serás compacto, visible,
y realizarás mis poemas volviéndote hacia mí,
imaginando cuán dichoso sería yo
si pudiese estar contigo y ser tu camarada.

Haz como si yo estuviera contigo,
no lo dudes mucho
porque yo estoy ahora contigo.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Cicatrices - Marcelo Birmajer

 

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Hace mucho tiempo vivía en una aldea que no conocemos un muchacho de 20 años, justo y valiente. Pretendía a una doncella de su edad, blanca como la leche, y tan bella como vanidosa.

El muchacho tenía el rostro cruzado de cicatrices. La doncella, enferma de juvenil frivolidad, exigía para hablar de noviazgo, que el muchacho se quitara las cicatrices del rostro.

El muchacho sabía que esto era imposible, pero la doncella estaba acostumbrada a que se le cumplieran sus más estrafalarios deseos. Así la habían tratado sus padres y los ricos hombres que la cortejaban.

El muchacho pasaba noches de insomnio pensando en cómo satisfacer el requerimiento, y la doncella insistía en que cuando se hubiese quitado las cicatrices, ella lo estaría aguardando.

¿Por qué el muchacho seguía amando a una dama tan necia? ¡Misterio! ¿Por qué una mujer tan agraciada era tan necia? ¡Más misterio!

En una de las noches de insomnio que el muchacho sufría bajo un árbol del bosque (el estado de su alma le hacía imposible permanecer en una cama), acertó a pasar por allí un mago.

El muchacho vio llegar a un hombre en una carreta tirada por un mulo. Cuando el animal se detuvo, el hombre bajó de la carreta; y haciendo un movimiento de manos transformó al mulo en un hombre.

Hizo un pequeño fogón, sacó un pollo de la carreta, lo atravesó con un palo y comenzó a asarlo mientras conversaba con el mulo convertido en hombre. El muchacho se frotó varias veces los ojos y se acercó impávido al prodigioso dúo.

· ¿Có..có...cómo has hecho eso?-preguntó.

-Oh-dijo el mago sin darle importancia-. Es feo comer solo, y a la hora de la cena, siempre me procuro alguien con quien conversar.

Y ni bien terminó la frase, con un nuevo pase de manos, volvió a transformar al hombre en mulo.

-Ahora ya tengo con quien conversar- dijo el mago, haciéndole un ademán al muchacho para que se sentara junto a él.

-¿Cómo haces eso?- repitió el muchacho.

-A excepción de cómo hago mis trucos, podemos conversar de todo lo que quieras-respondió el mago.

El muchacho, que tenía un solo tema en su mente, acercando su rostro al fuego, mostrándoselo al mago, se apresuró a decir:

-¡Apuesto a que con tu magia podrías quitarme todas las cicatrices del rostro!

-Por supuesto-respondió el mago sin un ápice de vanidad.

-Pues, adelante-dijo el muchacho.

-¿Estás seguro de que es lo que quieres?-le preguntó el mago.

-De nada he estado más seguro-dijo el muchacho.

El mago pasó suavemente un dedo por una de las cicatrices del muchacho. De inmediato, entre los dos, se presentó una imagen. Era el recuerdo del día en que el muchacho se había hecho esa cicatriz. Los cosacos atacaban la aldea, y el muchacho, valientemente, salía al encuentro de ellos. El sable de un cosaco le rozaba el rostro. Pero ahora, en la imagen que el mago presentaba, el recuerdo cambiaba: el muchacho se escondía tras unos toneles y no enfrentaba a los bandidos. Aguardaba escondido hasta que se marchaba, luego de haber realizado todo tipo de tropelías. Cuando la imagen se desvaneció, nuevamente estaban el mago y el muchacho junto al fogón. El mago fue hasta la carreta y regresó con un espejo. Lo limpió con la manga de su abrigo y se lo extendió al muchacho.

-Mírate-le dijo.

El muchacho se observó. Efectivamente, la cicatriz ya no estaba.

-¡Prodigioso! – exclamó el muchacho.

-No es ningún prodigio- dijo el mago-.Si nunca has peleado contra los cosacos, ¿por qué habrías de tener esa cicatriz? ¿Quieres que te borre las otras?

-¡Por supuesto!- dijo el muchacho. Pero al instante se detuvo:

-Momento-agregó-. ¡Sí he peleado contra los cosacos!

-No- le dijo el mago-.Ya no, y ya no tienes esa cicatriz.

-Sólo te he pedido que me borres la cicatriz- dijo el muchacho-No el momento en que me la hicieron.

-Eso- dijo el mago-, es imposible. No lo puede lograr ni el más sabio de los magos. Si partes de tu vida te han dejado cicatrices, debemos borrar esos recuerdos para borrar las cicatrices. ¿Te borro las demás?

-No- dijo el muchacho

Y luego de comer el pollo, ambos durmieron mansamente.

Cuando el muchacho despertó, al alba y bajo un árbol, el mago ya no estaba.

Corrió a ver a la doncella.

-Te he dicho que no te me acercaras hasta que no te quitaras las cicatrices del rostro- le dijo fríamente ella.

El muchacho no respondió a su insulto. Se señaló una cicatriz y le contó su historia. Señaló otra y otro recuerdo. . Una más y otro suceso de su vida. Terminó de contarle el origen de la última cicatriz frente al rabino que los casó...

de Marcelo Birmajer (periodista y escritor)

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