miércoles, 16 de agosto de 2017

El origen de todos los abrazos - Ariel Torres

http://www.lanacion.com.ar/2053523-el-origen-de-todos-los-abrazos

Una cosa es lo que somos y otra lo que creemos que somos. Una cosa es lo que los demás creen que somos y otra lo que los demás creen que nosotros creemos que somos. Y todavía otra cosa es lo que nosotros creemos que los demás creen que nosotros creemos ser.

Ya sé, suena como un trabalenguas, pero no lo es. De hecho, en esta niebla habitan buena parte de nuestros padecimientos. Miren este buen amigo mío. Es consultor legal de una compañía extranjera. Lo llaman para una reunión el jueves. Me anticipa: "Estoy seguro de que no van a renovar el contrato, no me parece que esto esté funcionando". Tiene su reunión y el viernes le pregunto cómo le ha ido. De buen ánimo me cuenta que la reunión fue para informarle que están muy satisfechos con su tarea y que quieren incorporarlo a la compañía.

Reflejos de espejos que se reflejan en espejos, estos dobleces son interminables e inaccesibles. De cierto modo no podemos saber quiénes somos. Es verdad, nos conocemos mejor que nadie. Pero ¿somos eso que conocemos? Acaso no seamos sino la suma de lo que han creído ver en nosotros todos los que nos hemos cruzado en la vida.

Me pregunta otro amigo, que ha salido por primera vez en la tele, qué me pareció su debut. Le respondo, con entera honestidad, que me ha encantado. Le preocupa, sin embargo, su imagen, si sale bien en la tele. Le digo que fantástico. Pero, de cierto modo, adivino su desasosiego. La exposición pone en carne viva el abismo que existe entre lo que somos, lo que creemos que somos y lo que los demás ven en nosotros. Ese abismo donde se ahogó Narciso.

Aprendemos pronto que nunca nos podremos observar desde afuera, desde el otro, cuando por primera vez oímos nuestra voz en un grabador. No parecemos nosotros. No es nuestra voz. No puede ser nuestra voz. Sin embargo, es la que todos los demás oyen.

Hace muchos años, en medio de una crisis familiar, mientras intentaba apagar el incendio con la palabra, tan sólo porque ése es mi don, un viejo sabio me llevó aparte y me dijo:

-Ariel, a veces todo lo que necesita una persona es un abrazo. En silencio. Sin decir nada.

Es una de las mayores lecciones que he aprendido en esta vida. Que hay momentos en los que no sirven de nada los consejos, los sermones, la afiligranada argumentación. En muchos casos, hieren peor. El otro sólo necesita un abrazo. Un abrazo es ese lugar en el que lo que somos y lo que creemos ser se encuentran con lo que el otro cree que somos y con lo que nosotros creemos que el otro ve en nosotros. Es una falla en el laberinto, una puerta escondida. Esa puerta está allí por algo.

Esta absoluta e inapelable incapacidad de acceder a lo que los demás ven en nosotros -y es un eterno viceversa- nos deja en la más incurable soledad. Porque no es cierto que el otro funciona como un espejo. Es tan sólo un espejismo.

Por eso existen los abrazos. Los abrazos constituyen el único lenguaje que el alma comprende. Acaso los cuerpos no sean sino la excusa para que nuestras almas dialoguen. En un abrazo no hay error de interpretación. No hay paralaje. No hay entrelíneas.

Un abrazo silencioso es todo lo que podríamos decir, todo lo que dijimos, todo lo hemos de decir. Nos abrazamos en medio del duelo más mordaz, pero también en el triunfo. Abrazamos a nuestro cónyuge con lágrimas de mil orígenes o entre risas cómplices. Y abrazamos también a nuestros hijos, a nuestros hermanos, a los amigos. Nos abrazamos con un rival, cuando nos damos cuenta de que también está solo. En la más espeluznante soledad somos capaces de abrazar la almohada hasta que escampe o llegue el alba.

La lección de aquel viejo sabio siempre me intrigó. ¿Por qué no podemos prescindir de los abrazos? Tal vez porque venimos de un largo abrazo de nueve meses en el que, sin discursos ni sermones, empezamos nada menos que a existir.

lunes, 31 de julio de 2017

Napping can Dramatically Increase Learning, Memory, Awareness, and More

In some places, towns essentially shut down in the afternoon while everyone goes home for a siesta. Unfortunately, in the U.S.—more bound to our corporate lifestyles than our health—a mid-day nap is seen as a luxury and, in some cases, a sign of pure laziness. But before you feel guilty about that weekend snooze or falling asleep during a movie, rest assured that napping is actually good for you and a completely natural phenomena in the circadian (sleep-wake cycle) rhythm.

As our day wears on, even when we get enough sleep at night, our focus and alertness degrade. While this can be a minor inconvenience in modern times, it may have meant life or death for our ancestors. Whether you are finishing up a project for work or hunting for your livelihood, a nap can rekindle your alertness and have your neurons back up and firing on high in as little as 15 to 20 minutes.Big name (and high-dollar) companies recognize this. Google and Apple are just a few that allow employees to have nap time. Studies have affirmed that short naps can improve awareness and productivity. Plus, who wouldn’t love a boss that lets you get a little shut-eye before the afternoon push?

A study from the University of Colorado Boulder found that children who missed their afternoon nap showed less joy and interest, more anxiety, and poorer problem solving skills than other children. The same can be seen in adults that benefit from napping. Researchers with Berkeley found an hour nap to dramatically increase learning ability and memory. Naps sort of provide a reboot, where the short term memory is cleared out and our brain becomes refreshed with new defragged space.

So how long should you nap?

Napping can Dramatically Increase Learning, Memory, Awareness, and More

Experts say a 10 to 20 minute “power nap” is best for refreshing your mind and increasing energy and alertness. The sleep isn’t as deep as longer naps, which allows you to get right back at your day upon waking.A 30 minute nap can lead to 30 minutes of grogginess, as you are often waking just as your body enters the deeper stages of sleep. You’ll experience some of that same fogginess if you sleep for an hour, but 60 minute naps are good for memory boosting.The longest naps—around 90 minutes—are good for those people who just don’t get enough sleep at night. It’s a complete sleep cycle and can improve emotional memory and creativity.
Naps are good for you—physically and mentally. But don’t sacrifice night time zzz’s for an afternoon snooze; take your nap in addition to a good night’s sleep.